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  • Dario Navia Pohl / Daro Pohl

Ayer



Es una mañana como ninguna otra. El sol está más cálido de lo habitual y menos agobiador de lo normal. La brisa…

No describiré lo que mis ojos están gozando, lo que mi piel está sintiendo; se me hace imposible, no tengo las palabras adecuadas para escribirlo; el aroma. Simple, es estar acá.

Oigo una detonación, luego otra; no sé de dónde han salido.

Me miro y estoy entero salpicado, mis manos, mis jeans, el cuaderno donde escribía, todo está con la sangre del que empuja contra mí, sentado a mi lado; el cráneo abierto y su pelo, su pelo, cuelga atrás arrancado del frente.

Un y otro disparo y van cayendo; una muchacha se arrastra. Un joven de rodillas, termina boca abajo.

El campus por todos sitios son gritos, alaridos, huidas y uno, allá al fondo, tirado. No se mueve.

Desde las ventanas del auditorio, continúa disparando.

De pronto hay menos caos. Veo a la policía por todos sitios. Han logrado capturar con vida al tirador.

Las ambulancias; salgo de atrás de la banca y me voy; salpicado, tembloroso.

He vuelto al parque, la banca, al cuaderno que seguía dentro del bolso; aún tiene las manchas del chico muerto junto a mí.

Ayer fue el juicio de quien lo mató. Hirió a diez, otros seis fueron los…

Por la televisión, la radio, en los diarios, el internet, informan lo desquiciado que parece estar.

No había vuelto al parque en mucho tiempo, no poder sentarme en la banca. No he salido en meses, como muchos.

Todo está más vacío.

Vuelvo a recordar aquel día; han pasado dos años y aún me tiembla en la piel, como si fuera ayer. Quien disparó, era otro estudiante. Lo sentenciaron a muerte; creo que fue electrocutado.

No sé si poder disfrutar del sol o solo estar. Hay días en que pienso, que nunca volverá a ser como ayer. Miro al auditorio y permanece cerrado; jóvenes junto a sus puertas se reúnen, preparan una fiesta. Cuando comienzan a llegar más, tomo mis cosas y decido regresar a mi encierro. Nunca me atreví a quitarme la mascarilla, ni toqué otra cosa que no fueran mis cosas. Al llegar a casa me saco los zapatos, lavo mis manos y el cubre boca y nariz. Me asomo al balcón del living, miro abajo y está atestado de gente.

Dos semanas después, las cifras vuelven a subir. Hay jóvenes infectados en todos los dormitorios del campus; las noticias en la televisión, internet.

Al mes los muertos subieron en doscientos cincuenta y seis más. El departamento de salud logró establecer el origen del contagio, la fiesta frente al auditorio. Tres de los que fueron, eran portadores del virus y lo traspasaron a otros ochenta, también ya individualizados; quienes a su vez lo esparcieron al barrio y otras amistades.

Los tres que iniciaron el contagio, se recuperaron en el hospital. A los doscientos cincuenta y seis muertos, los han cremado.

Entre los fallecidos estaba la abuela de Rodrigo, un chico de seis años y quien ha ido a terminar en un hogar para menores. No tenía más familia que su abuela.

Nunca se juzgará por estos homicidios, aunque hay reglas, usar máscara, mantener la distancia. Me parecen iguales, a no andar disparando por ahí.

Esos disparos nunca fueron oídos, pero hubo muertes.

Un adelanto: Rodrigo en quince años más será juzgado y condenado. Disparará contra tres que se recuperaron en un hospital.

¿Creen estar a tiempo con mi aviso?

Podrían ocultar la identidad de esos tres.

No se preocupen, yo las sé; iré al parque y se las daré.

Me llamo justicia y me dicen conciencia.




Photo by Thandy Yung on Unsplash

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