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  • Dario Navia Pohl / Daro Pohl

Al final concluí, que lo debo haber soñado



Siempre al despertar no recuerdo nada. Siete u ocho horas antes me he acostado, en algún momento se me cierran los ojos que para cuando los vuelvo a abrir, solo recuerdo haberme acostado.

Hoy ha sido distinto y no puedo asegurar que lo recordado sea un sueño, aunque creo que es imposible haberlo visto en las noticias antes de acostarme o que mi esposa o algún amigo, me lo haya comentado el día anterior. De ser cierto, en alguna parte de mi vida tendría que haberme perdido de algo y como ya lo he dicho, nunca sueño, ni siquiera sé qué es soñar, entonces mantengo las dudas.

Sentado al borde de la cama me seguía dando vueltas la duda,

«¿Lo habré soñado? Ni siquiera creo saber lo que es soñar. ¿Será cierto?».

Ante tanta vuelta y revuelta me vestí, dispuesto a salir en busca del periódico. No hice amago en ducharme antes de ponerme la ropa, como suelo hacerlo; solo cogí los calzoncillos del día anterior, los mismos calcetines, pantalones y camisa. A la pasada por el living tomé unas monedas, las llaves y por la puerta para afuera. Detrás quedó el chirrido de la reja del ante jardín al abrirse y luego al cerrarla. Caminé por mi cuadra hasta dar con Rivadavia y ahí doble hacia 21 de Mayo. En la esquina de éstas dos me paré frente al kiosco de revistas y comencé a leer los titulares. No hallé nada.

—Hola Miguel Angel. ¿Te sobró algún periódico de ayer?

—No. Lo siento. Cuando alguno queda lo devuelvo por la mañana al retirar los nuevos.

Me fui haciendo el camino de regreso a casa y con la incógnita que me estaba comiendo, cuando me encontré con Javier.

—¡Ey! Boludo. ¿Cómo estás? —me pregunta a boca de jarro.

—Bien.

—¿Qué haces tan temprano en la calle?

—Fui por el periódico.

—¿Y? No te veo llevar nada.

—Buscaba el de ayer. ¿No lo tendrás tú por casualidad?

—¡Que va! Para que votar el dinero, si lo único que hacen es contarte mierda y quererte hacer vivir aterrado.

Terminamos con Mauro en el café de la esquina. A mal que ninguno había tomado desayuno y nuestra conversación tomó el rumbo de los amigos y las habladurías del barrio. A la italiana de la esquina la dejamos en pelotas.

En casa, Sonia ya se había levantado para cuando regresé.

—Y tú. ¿Dónde andabas? ¿Ya desayunaste?

—He salido por el periódico.

—¿Tú por el diario? ¿Qué bicho te picó?

Pasé a contarle qué tenía dándome vueltas en la cabeza.

—Tú estás chiflado. Eso cualquiera se da cuenta que ha sido un sueño.

—Pero tú sabes que nunca sueño o por lo menos de recordarlo al despertar.

—Piensa. ¿Crees realmente que eso pudiera suceder?

—Pero es que era tan real. Me desperté sabiendo que los Rusos invitaron a los mexicanos a unirse al pacto de Varsovia. Que han puesto una base militar en Mexico y que los gringos no encontraron nada que objetar.









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