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  • Dario Navia Pohl / Daro Pohl

Aprendí a quererme




Mi marido me ha dicho que soy una puta. Después de eso, me ha dado una zurra que me dejó con un brazo tieso salido de hospital y como si no fuera suficiente, ahora se quiere divorciar.

Por mí, va bien.

Yo no lo he roto ningún brazo cuando lo pillé con la vecina. Tampoco le dije que era un puto cuando fue al doctor, por la venérea que se había cogido quién sabe dónde.

Me he guardado lo del divorcio, porque quería pensármelo un poco.

Saco mis cuentas:

Primero, no nací casada. Divorciada, me viene bien estar tranquila. Segundo, con quien no alcancé a salir, ahora lo podré hacer.

¿Los chicos? Mejor que crezcan sin verme como un parque en demolición o los cambios de colores en mi piel.

¿El dinero? ¡Eso sí! Se divorcia de mí, no de sus hijos. Yo para mí, buscaré un empleo.

Entendí que para ser puta, es necesario un puto. Que si él lo pasa bien, es macho. Yo, soy puta.

Bueno, esta mujer comenzó a quererse y ya no me creo el cuento de las putas y tampoco acepto lo de las palizas. La cama con su anchura se me hace cómoda.

Ayer me ha llamado al móvil:

—Alo ¿Verito?

—¿Qué quieres?

—Quería ver si puedo pasarme por la casa. Tú sabes…, el tiempo juntos, los chicos y que siempre te he querido.

—Puedes venir a verlos cuando quieras. De acá no se han movido.

—Pero…

El silencio se hizo largo y lo deje que se hiciera más largo.

—¿Sigues ahí?

—¿Has escuchado el tono de cortar?

—Te decía…, nosotros…

—¿Qué quieres, Manuel?

—Volver. Eso sí tú quisieras…

—No puedes hacerlo. Te seré sincera. Desde que te has marchado, el día que me llamaste puta…

—Disculpa, es que estaba molesto.

—¿Y el brazo? Lo tuve en cabestrillo por dos meses.

—Es que se me paso la mano, pero…

—Te digo. No puedes volver, tengo empleo, incluso hoy salgo a divertirme sin que nadie me llame puta y aún más, me di cuenta que tengo una vida propia, que no te la había vendido y que el único proxeneta de no hacer nada en casa eras tú.

Manuel quiso oír el tono de cortar, cortar él, era incapaz.

—Primero —siguió Verónica, —sacando mis cuentas estoy bien, soy feliz…



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