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  • Dario Navia Pohl / Daro Pohl

Atrás un segundo

Actualizado: may 27


Mantengo mi reloj de pulsera sobre el escritorio.

Muchas veces cuando lo miro, me sorprendo preguntándome qué horas serán éstas y luego de mi inquietud, no olvido que el reloj sigue estando ahí y no he consultado la hora.

En los último días cuando lo he mirado, ha habido un segundo, solo uno, que juega conmigo y cuando yo quiero seguirle su juego, desaparece dejando pasar todos los demás.

¿Usted tiene un reloj?

Le pregunto esto para que posiblemente sepa de qué hablo. Si se anima a seguirme, necesitará uno de manecillas y movido por un mecanismo activado por una pila. Esto es para poderme explicar y si a usted le sucede como a mí, no se sienta estúpido o por decir algo menos subido, ridículo.

Si después de mi explicación, aún se pregunta de qué hablo, olvídelo o piense lo que quiera, pero el haber llegado hasta este punto, es por algo.

Cada mañana que he venido a sentarme frente a mi escritorio, he mirado su esfera. En esa primera vista nunca veo las otras dos manecillas y siendo que son considerablemente más notorias. Por estos días pasados mis ojos capturan el brazo del segundero, esa delgada pluma metálica saltando rígida, con un movimiento, ¿cómo decirlo? Sí, paralítico.

Paralítico, un salto brusco, de aquí allá sin un entre ir allá. Es posible que mi correlación ofenda a alguien, no es mi intención y no se me ocurre otra manera de describir lo que veo. Así que vaya con eso.

Es a ese segundo al que deseo referirme, el primero atrapado por mis ojos y que él, juguetón se ríe de mí.

Aclaración, el tiempo no se ha detenido; algo así en un reloj no representa el punto al cual quiero arribar, solo haría referencia a la falta de carga de la pila o que no se le ha dado cuerda.

Decía: Miro el reloj y el segundero avanza y da un salto atrás, como si se regresara arrepintiéndose de ese ir adelante.

Mi primera impresión ha sido, que se trata de un efecto óptico. Lógico pensarlo, entonces fui y lo hablé con un amigo que es oftalmólogo. Estuvo de acuerdo conmigo.

La cuarta o la décima vez que ha pasado, hablé con un físico, otro amigo; Javier, es un cabezudo. Lo hice porque lo que se sumó a lo que he intentado explicar, quiero decir que, las cosas que hay junto al reloj, han comenzado a distorsionarse. Algo así como una fotografía pixelada.

Ayer volvió a suceder, el segundo avanzó y rebotó atrás. En ese mismo instante se pixeló una esquina del pequeño mueble donde guardo mis lápices, también parte de un cuaderno que hay junto al reloj del otro lado. El problema ha sido la campana tibetana que estaba justo adelante, hoy está desaparecida y sigue así; ha pasado más de media hora de ocurrido y hasta siento recelo a mirar el reloj por si llego a toparme con el segundero.

¡Sé que irá atrás y que quiere jugármelas!

Javier se mostró dubitativo cuando le hablé de esto. No sé si por el efecto o de mí, creo más bien de mí. Quedó de venir a visitarme.

Mientras escribo lo veo por el rabillo del ojo, sigue ahí esperando. Debí haberme ido a la mesa del comedor a escribir. Y aquí estoy.

He comenzado a cuestionarme qué es el tiempo. ¿Invento nuestro que solo lleva la dirección adelante, al futuro? Avanzar, porque lo otro son películas.

Sigo sin quererlo mirar.

Aún no llega Javier. Me dijo que vendría pronto.

He cedido a la curiosidad, torcí un poco el ojo derecho, bueno, los dos, solo que por la posición es con el derecho que lo veo, mi ojo izquierdo está bloqueado por mi nariz.

Miré rápido y volví la vista sobre el cuaderno, este en que escribo.

Lo que vi, el cajón y el cuaderno están como antes. La pixelación se ha extendido hasta el mouse, próximo a mi mano derecha. Creo que comienza a desaparecer. Tocan a la puerta, ha de ser Javier. Miro hacia el reloj y el segundero acaba de rebotar atrás



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