• Dario Navia Pohl / Daro Pohl

El amor y la tía Flora



Al abrir la puerta las bisagras tuvieron el sonido del silencio en la soledad, la manilla el frío helado de la noche y al final de la luz filtrada por el hueco de la ventana tres hojas aguardaban sobre la mesa; le temblaron las manos más que de costumbre al tomarlas y los años la obligaron a sentarse. Sin pensarlo comenzó a seguir con la vista nublada la ordenada caligrafía dibujada en tinta verde:

A la señorita del piso de arriba —esa era yo, pensé y continué leyendo. al que ocupé junto a mi madre, comencé a mirarla un día de primavera y lógicamente sin atreverme a soltar palabra.

Como cambió volví a pensar.

La vi salir todas las mañanas durante muchos años con su bolso colgado al brazo, bajar los peldaños con tranquilidad de modelo, mientras iba asida al pasamanos; así hasta llegar a la primera planta. Lo sé, porque cuando la escuchaba abandonar su apartamento y cerrar la puerta bajo la doble cerradura, esperaba verla pasar frente a mi puerta y ahí, sólo entonces, me atrevía en asomarme al pasillo y mirarla por su espalda terminar de hacer su recorrido.

Por lo general llevaba un sombrero de ala ancha y no importando fuera verano u otra estación. Sólo cambiaba a un color más oscuro cuando entraba el otoño.

Con los vestidos sucedía algo similar, traje gris de dos piezas, medias negras de nylon y agregaba un paraguas en caso de lluvia. Los zapatos siempre eran de taco alto, que desde mi infantil estatura la convertían en un ser inalcanzable.

Cuándo regresaba, para mi siempre fue un enigma, y terminé pensando que utilizaba el ascensor hasta alcanzar el piso superior. Cada día fue la misma rutina durante todos esos años.

Tras su salida yo tenía que irme y a mi regreso, no sabía si lo hacía antes que ella o la señorita antes que yo. Así fue hasta que un día de verano, al oírla cerrar su puerta y luego comenzar a bajar, realicé mi habitual rutina, sólo que esa vez frente a la mirilla del ojo mágico ella se detuvo —lo hice, recordé, —miró directo contra el pequeño cristal, que era mi protección mientras ella pasaba, y con el dedo índice de su mano libre me hizo indicación a salir. La realidad me paralizó y sólo le hice caso tras su siguiente intento.

Antonio. Oí la voz de mi madre venir desde el interior llamándome y luego preguntar: ¿Adónde vas? Sólo al pasadizo. Fue lo primero que se me ocurrió decir, mientras buscaba serenarme. La señora que aguardaba había puesto en marcha mi sistema nervioso, junto a mi madre con su búsqueda de información.

Nunca averigüé el resultado a su invitación, en esos años, diez y seis con exactitud, el pánico no me dejó ir al piso superior y acompañarla. De eso han transcurrido treinta años. —Me he hecho vieja, mis manos lo atestiguan, toda yo lo grita al mirarme.

Esto que escribo, tuvo inicio cuando aun era un mocoso, recién cargaba los primeros seis años de mi existencia y no pretendo contar lo acontecido en los siguientes treinta, sólo continuaré desde que volví al edificio donde crecí:

Una vez dentro, subí al piso dos, miré la puerta del que fuera nuestro apartamento y no me atreví a tocar, no quise molestar a los nuevos inquilinos. La mirilla en ella refrescó la memoria de mis sueños, entonces decidí ir escaleras arriba; me detuve frente a su puerta y fui consciente de que nunca me enteré de su nombre. Con la sonrisa del recuerdo apoyé la mano en la puerta, justo en el momento en que se abría la del departamento continuo.

—No hay nadie, está vacío desde hace meses —me informó una chiquita de trenzas —ésa ha de haber sido Claudita, entendí y seguí mi lectura. —La niñita se me quedó mirando mientras comencé a bajar.

El tiempo indudablemente había pasado.

Entre los peldaños y la niña, la recordé con más fuerzas. El primer piso lo tuve al frente abriéndose a la despedida cuando la vi entrar, lo hacía con su estampa de siempre; los treinta años pasados no los divisé en su elegancia…

Volteó la última hoja y atrás nada, ahí terminó. Cojo el lapicero de tinta verde y decido comenzar a escribir. ¿Por qué no? Me pregunto.

Tendrás a tú lado un amor muy joven, me vaticinó muchos años atrás una gitana con un pañuelo rojo que le cubría la cabeza, mientras su negra y lisa cabellera bajaba por su espalda. Yo aun lucía la piel tersa, aquella que se tiene a los treinta años.

—Demorará en llegar a ti —agregó la gitana, —pero al final de los días lo hará.

No le preste atención en aquella época, pensaba que nada de eso era para mí.

Entramos en mi nuevo apartamento e hicimos un amor de jóvenes cada tarde, cuando el sol golpeaba la ventana de la sala. Me dejé penetrar por su juventud tantas veces como quisimos, junto al calor de la luz sobre mi piel arrugada. Mis pechos se hicieron dos masas blandas dentro de sus manos, mientras su boca los saboreó. Sentí mis caderas crujir cada vez que puse las piernas sobre sus anchos hombros, hasta que llegaba el relajo a la tensión. En cada cena hicimos un amor de adultos, aunque permanecíamos desnudos; y uno de matrimonio eterno durante los desayunos, mientras leíamos el periódico.

Los últimos dos años de mis setenta y…

—¿Qué crees que debemos de hacer con estas páginas?

—No lo sé. Siempre pensé que la tía Flora estaba media loca.

—¿Has visto las fotos que subió en internet?

—No.

—Al principio me parecieron asquerosas, pero después me han dado risa.

—¿Me dejas verlas?

—Está completamente desnuda.

—¿Desnuda?

—Sí. Junto a un hombre joven, mucho más joven.

Unas cosquillas nos bajó a los dos y vimos como el sol penetraba por la ventana en la sala.


Photo byAndrey YachmenovonUnsplash

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