• Dario Navia Pohl / Daro Pohl

El moderno ermitaño

Actualizado: sep 20


Bluuump. La pantalla del móvil se iluminó.

Minutos atrás, se había acomodado sobre el asiento que lo venía albergando ya por años; desde ahí, volvió a mirar en dirección de la luz. Con su mano, cogió una herramienta a su lado y con ella, procedió a dar revoltura al líquido que hervía, dentro de una pequeña olla sobre la luz y al calor de la fogata. Luego, con el mismo instrumento, procedió a descolgar y retirar el recipiente del fuego; lo dejó junto a su pie derecho; giró el cuerpo sobre la roca en que se acomodaba y desde el otro lado, se hizo con un cuenco; ése, procedió a llenarlo con la sopa de raíces cocinada. Una vez que terminó, tras sorber lo último del líquido contenido directo desde la vasija, se puso de pie y caminó pausadamente hasta el boquerón de la caverna. Desde ahí, observó el cielo infinito cubierto de estrellas, las vio titilar, esbozó una sonrisa. Su día, había concluido.

Bluuump. Volvió a iluminarse el móvil. Era el segundo mensaje que hacía su arribo. Posicionó el dedo en la parte superior del pequeño computador, también llamado teléfono, y procedió a extender hacia abajo la pantalla superior, haciendo desaparecer la otra. Insistió presionando sobre una corta leyenda y eso, hizo que esta nueva pantalla fuera remplazada por una aplicación. Con el mismo índice, comenzó a hacer pasar las fotografías; cuando se detuvo en una, cogió desde su costado derecho, un vaso plástico con gaseosa, bebió de él y tras dejar escapar un eructo, lo devolvió a la mesa. Se acomodó sobre el sofá apoyando su espalda en los cojines. Regresó en hacer pasa las imágenes.

Una vez que se tendió sobre la cama, hecha con ramas de hierbas secas; se quedo en silencio deseando oír el ruido de un pequeño grillo. El fuego había aminorado su crepitar, y así y todo, seguía iluminando la bóveda tiznada. Recordó su infancia, los gritos tras el balón, la respiración agitada tras la loca carrera y cuando le dijeron por primera vez, me gustas. El grillo saltó sobre su cobertor, pareció mirarlo, movió sus antenas como escrutándolo y de un nuevo salto, se alejó. Cambió su posición sobre uno de sus costados, y siguió con la vista, la marcha del pequeño insecto.

Bluuuump. Nuevo mensaje. Miró y oyó, como un presidente era acusado en un video testigo. Vio en otra foto, un asado con exceso de carne para un solo comensal. Alguien escribió sobre la desigualdad y seguía pasando inadvertido, junto al video, había otro mas abajo, en donde alguien tropezaba haciendo ejercicios y que ya juntaba más dos mil quinientas aprobaciones. Decidió subir un selfie. Durante los siguientes treinta minutos, no hizo llegada alguna un “me gusta”. Volvió a beber gaseosa. Miró hacia afuera por el ventanal que daba al balcón, y vio las otras luces, en otros edificios, en otras ventanas solas. Sintió deseos de poner término a su día.

Tendido sobre su cama, acomodó las almohadas y apoyó la cabeza mirando al cielo raso. Escuchó el vibrar del celular sobre el velador; lo volvió a coger. La pantalla iluminó la habitación que estaba a oscuras.

La mañana siguiente lo levantó con deseos; tomó unas hierbas y salió de su escondrijo; los pasos lo guiaron hasta el río, ahí se deshizo de sus ropas y se zambulló, luego, con las hojas que portaba en su mano, procedió a frotarse el cuerpo y el cabello; al salir miró el árbol, más atrás la montaña y en la otra dirección, un sendero que ya desaparecía; ése iba rumbo a la ciudad y no quería regresar.

Bluuump. Se iluminó en la soledad de la habitación, y olvidado sobre el cobertor de una cama fría. Aun quedaban ermitaños de la modernidad.


Photo byMaria CamargoonUnsplash

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