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  • Dario Navia Pohl / Daro Pohl

El primer beso



—«los únicos olvidados fuimos nosotros —pensó tras nuevamente mirar por el penumbroso pasillo. »amores de niños» —sonrió mientras seguía mirando. Luego comenzó a aproximarse sin saber qué haría al llegar, si abrazarla, mirarla sin decir palabra o mejor, dar la vuelta puesto que ella aun no había notado su presencia.

Cinco minutos antes, ahora son las dos con veinticinco minutos, cinco antes deja situado el reloj a las dos con dieciocho al entrar en las dependencias de la policía, que fue el momento en que la vio. A las dos con diez y nueve, buscó ser atendido por el oficial de guardia.

—¿Qué hace aquí? —preguntó el inspector Tomás Murillo.

—¿Quién? —respondió con otra pregunta el aludido.

—La mujer que está sentada en la banca —hizo un gesto estirando la trompa para señalar la dirección de la pregunta. Luego esbozó o quiso hacer una sonrisa y absorto, pensó en un beso. Su recuerdo se le hizo audible.

—… Ocho, nueve y diez, ¡salí!

El grito del niño a cargo de la cuenta, indicaba que había terminado. Murillo no recordó quién fue, sólo verse y verlos a todos correr en distintas direcciones a esconderse.

—Ven. Aquí aquí.

Primero le hizo una seña con la mano, luego tomó la de él.

—Escondámonos aquí —dijo la niña.

El cielo se veía claro, era verano por la noche; por sobre el muro un halo se reflejaba en la atmósfera, no recordaba si había sido la luna o el farol del alumbrado público, sólo que los ladrillos en el tope del muro tenían un brillo. A su lado una cañería tembló y pudo oír el paso del agua desde el medidor; alguien dentro de esa casa había abierto una llave. El niño Tomás llevó sus ojos en la dirección opuesta; tenía el corazón agitado por la carrera y ahora más cuando la tenía tan cerca.

A ella le brillaron los ojos verde almendra.

En el pasillo detuvo su siguiente paso; un colega llegó antes que él hasta donde estaba ella; permanecía sentada. Comenzó a interrogarla e iba haciendo notas. Murillo se regresó al mesón de la sala de guardia.

—¿Desde cuándo que está? —volvió a interrogar al oficial que allí se encontraba.

—Hace como una hora.

—¿Por qué?

—Posesión.

—¿Drogas?

El de guardia lo miró extrañado frente a una pregunta innecesaria.

—¿Quién la detuvo? —volvió con el interrogatorio.

—Roccha. Él te puede informar.

Salió al patio y dio la vuelta por fuera; no quizo pasar frente a ella.

Tomás la miró, los dos se aproximaron. Agachados como estaban se besaron. El muro, el grifo del agua, el farol o la luna del otro lado, fueron testigo. Ellos siguieron ocultos mientras los otros hicieron las carreras para librarse o quedar…, no quiso pensar en la palabra. Volvieron a besarse y no aparecieron hasta pasada una siguiente cuenta, mientras otro salía a buscar.

—Un beso…

Fue lo último que recordó cuando cruzó la puerta para hablar con el otro Inspector.

—Oye Roccha. ¿La mujer en el pasillo, la que tienes…

—¿Qué hay con ella? —se le adelantó el colega salvándolo de tener que decirlo.

—¿Quisiera saber… —hizo una pausa.

—¿Amiga tuya?

Tomás se rascó la barba, salió al pasillo por donde ella se encontraba; pasó de largo. Alcanzó a mirar de soslayo. Ella siempre miraba al suelo o las esposas que apresaban sus muñecas.

Murillo subió de dos en dos los peldaños, al terminar en la planta superior encendió el Lucky que colgaba de su labio. A la primera pitada no dijo nada, sólo sentir lo fugaz del beso no olvidado.

A las horas regresó al primer piso, Roccha le había avisado que luego partiría con ella, entonces Murillo la acompañó hasta el vehículo.

—Veré que puedo hacer —le dijo.

El sol brillaba alto; sus ojos verde almendra brillaron.

—Nos vamos —dijo Roccha al pasar.

Murillo encendió un nuevo cigarrillo y le ofreció una chupada. Los dos sintieron el sabor del beso en el papelillo húmedo.




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