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  • Dario Navia Pohl / Daro Pohl

Entre canciones, faldas y engaños

Gina, mi vecina



Hoy no he tenido apuro por regresar a casa; necesitaba desahogarme sin prisas. Al final he decidido tirarlo fuera. Aquí les va.

Lo cierto es que vivo en un tercer piso.


Sabía que al entrar en él estaría solo y cenar sin la compañía de mi mujer, nunca me apeteció. Fue así desde que comenzamos a vivir juntos, antes, cuando lo hacía solo, estaba acostumbrado, hay que alimentarse me recordaba. Pero desde el año en que se mudó conmigo y cada vez que no estaba por la noche; Matilde es matrona, siempre demostró gran entrega por atender a sus pacientes, entonces hubo noches, como aquella, en que le tocó turno. Se la pasaba en el hospital desde las ocho de la noche hasta las seis de la mañana del día siguiente y por la mañana cuando estaba listo a salir rumbo a mi trabajo, la veía venir cargando con el agotamiento de su misión cumplida. En ésas oportunidades, hubo veces que nos cruzamos en las escaleras, otras, cuando estaba intentando insertar la llave en la cerradura y en el mismo momento en que yo desde dentro abría para salir. Mi pobre Mati, me decía, agotada y siempre con su rostro lleno de felicidad, como si hubiera vuelto a nacer.

Ayer antes de irme por la mañana, me dejó saber que por la noche reemplazaría a una colega, entonces no he tenido prisa en regresar.

A media tarde recordé aquello y me puse a pensar qué hacer. Con Gina mi vecina somos bien amigos desde hace años, desde antes de conocer a Matilde; pensé en que podríamos cenar juntos y la llamé. Me respondió que había llegado tarde, que ya tenía planes para esa noche; entonces cuando salí del trabajo me fui por la pizzería y aunque les parezca gracioso, me he servido una hamburguesa.

No he llegado a casa sino hasta pasado de las doce y media de la noche, después de la hamburguesa me he ido de bar. Sabía que no podía estar haciendo eso todo el tiempo que ella no estuviera, el gasto, luego la Mati se pondría molesta. Como sea vine llegando tarde y extrañando desde hacía horas a la flaca y sabiendo que la cama se me haría grande sin ella; igual tomé mis precauciones con silencio, podía ser que Gina estuviera de regreso temprano, me oyera y mañana le cuenta a Matilde de mi desarreglo. Ni siquiera he encendido la luz.

Dentro fui por la cocina y me serví una copa de vino pensando en tenderme a ver televisión; cuando estoy solo lo hago y luego por la madrugada al levantarme a orinar la apago.

En el dormitorio pongo la copa sobre el velador, enciendo la televisión y de inmediato bajé el volumen al darme cuenta que la puerta ventana que da al balcón está abierta. Seguro se le olvidó cerrarla cuando se marchó, pienso. Me aproximo para juntar las hojas y aprovecho de mirar abajo, la calle; aquí es cuando escucho venir del balcón contiguo, el de Gina, los quejidos inconfundibles del goce sexual y es cuando caigo en cuentas de lo ocupada que me dijo estaría y no poder cenar juntos.

Paro la oreja y me digo: ¡Que manera de estar gozando esa hembra! Del tipo no se oye venir palabra, todo es ella. ¡Nada como el placer femenino!

Noto que mi pensamiento es lento, cuando siento que se me ha venido la erección y junto a la soledad de Matilde hago silencio. Su goce parece ser mayor; me sorprendo masturbándome. Más goza, más me aproximo a su balcón donde también está la ventana entreabierta y movido por la curiosidad de la calentura, me veo en su balcón con la idea de espiar su sexo. Me imagino a Gina exhibiéndose, abierta, entregada. El balcón me quedó a solo a un estirar de cuerpo de todo esto.

Al verme de pie en esas otras baldosas pensé: sí me sorprende, qué podrá suceder. Primero, seguro Gina se enoja; luego no querrá hablarme nunca más, aunque hoy por hoy ya no le tengo deseos, igual debo reconocer que está rica, ganas de follármela no me han faltado, pero desde que estoy con la Mati.

Los quejidos se intensifican, la oigo como si muriera en ellos; ya no aguanto, entre hallarme más endurecido, sus goces, mi sobadera… ¡Miré!

¡Maricona!

De un salto estuve de vuelta en mi balcón, sin deseos de correrme, ni agarrándomela y sabiendo que hoy y nunca más Matilde volverá. También el por qué no oírlo a él.

No he tenido apuro por regresar a casa.

Miro el periódico en busca de un nuevo piso en otro sitio.






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