• Dario Navia Pohl / Daro Pohl

La mutación de un escritor





Necesito hacerme el tiempo. ¿Cómo se lleva adelante lo que acabo de decir?

El otro día recibí carta de Natalia, en ella sonaba preocupada por la suerte que pudiera estar corriendo Matías. No es para menos, que se haya marchado dejando en el olvido su máquina de escribir.

No tengo intensión de heredar aquel trasto, que eso lo haga otro, estoy seguro que tiene todos sus tipos estropeados; después de leer uno de sus “poemas” no podría tragarme otro más. El pobre infeliz no escribe, simplemente destroza el vocabulario.

Natalia es otra historia, aunque lo nuestro ya es cosa trillada y para mí puesto en el olvido; aun así, no deja de inquietarme.

La última vez que la visité fue porque me llamó desesperada, yo aun no había decidido mudarme de ciudad; cierto es que tan lejos no estamos pero es distancia suficiente; y hace unos días esta carta donde suena abrumada. Que el cartero no haya podido eludir su obligación de depositarla dentro del buzón. Si tan sólo la hubiera echado en otro y me evita la lectura.

Aquí estoy, pensando cómo hacer tiempo para Natalia.

Pensé en llamarla apenas terminé su lectura, cuando recordé que se había mudado; no tengo su nuevo número. Tuve que hacerme a la idea en viajar.

Natalia, una vez más estás desorganizando mi vida; tener que encontrar… ¿dónde puse la maleta? Estoy seguro haberla dejado en el armario.

Nuestro tiempo juntos fue efímero pero intenso; la cama siempre deshecha; me consumía con sus abrazos.

Lo que más me agravia es verme obligado en abandonar mi trabajo, la máquina y todo por Natalia; peor aún, por Matías. Creí haber puesto distancia suficiente y luego esta carta.

El llamado del timbre a la puerta hizo que Natalia diera un respingo sobre la cama, se enderezara y corriera por el pasadizo en busca de atenderlo. Pensó en que le pudieran traer alguna noticia sobre Matías y eso la detuvo algo afligida entre la puerta del baño que enfrenta al otro dormitorio. Miró en la oscuridad de aquel cuarto y pudo vislumbrar los brillos de la vieja y pesada máquina de escribir. Insistieron con el timbre.

—¡Que bueno verte! —En el mismo momento en que lo dijo, le tomó la mano invitándolo a pasar.

—Lo mismo digo. Estaba preocupado por ti.

—¿Dónde has estado?

—Eso debería decir yo.

—Entra y siéntate. ¿Estás bien? ¿Quieres algo de beber, agua, una soda?

—Una bebida está bien.

—Voy por ella a la cocina, ya vuelvo.

La voz de él la podía seguir oyendo llegar desde la sala. Se tomó su tiempo, respiró profundo al sentir el alivio de tenerlo ahí; cogió un vaso, hizo una llamada telefónica mientras servía la gaseosa y regresó.

Tras media hora de conversación haciendo memorias, el timbre en la puerta volvió a sonar.

—¿Esperas a alguien? —Preguntó él al beber su último sorbo.

—No —dijo ella mostrándose extrañada.

—Pues abre mujer, ¿qué esperas?

Él miró a los dos hombres en el umbral, vio la cara de Natalia y se atrevió en preguntar si eran malas noticias. Uno de los individuos echó mano al bolsillo y tras unos segundos la retiró más calmado.

—Matías —dijo el otro y luego tras hacer una pausa agregó, —tienes que acompañarnos.

—No puedo dejar a Natalia sola, Matías se ha ido. Su máquina está ahí.

Al día siguiente desde la cocina, Natalia volvió a usar el teléfono; no te preocupes, le dijo, puedes olvidar la carta, Matías ha regresado. Déjame tu número pidió él. 

—No tienes donde anotar y te visitaré el fin de semana como siempre. ¿Quieres que te lleve la máquina?

—Acá no me dejan tenerla.

—Podrías escribir otra carta.



Photo by Claudia Wolff on Unsplash

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