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  • Dario Navia Pohl / Daro Pohl

Mi primer día de colegio

Actualizado: may 9


Mi primer día de clases cursando la primaria, era, muy posible parecido al de ustedes; pero quiero contar como lo vivía y aquello lo recordé hoy mientras me esparcía el shampoo por mi calva. Podrán pensar que en aquellos años tampoco tenía pelo, algo similar porque mi madre me lo dejaba bastante corto.

Con exactitud se me vino a la memoria el momento a estar de pie de un lado del lava manos y mirándome en el espejo adosado al botiquín. Sabía que dentro se guardaban algunos de los remedios homeopáticos, los más simples, entonces aprovechaba de echarme a la boca los que calmaran mis ruidos y retorcijones de vientre, producto de mis nervios. Hoy me sigue sucediendo frente a hechos relevantes.

Lo último que hacía ahí mirándome, era introducir la cabeza por el aro elástico del corbatín azul, luego regresar el cuello de mi camisa blanca a su sitio, comprobar que estuviera de manera correcta dentro del pantalón y por último, que los zapatos siguieran con el brillo dado la noche anterior.

Has aquí todo iba espléndido. (7:30 am)

Puedo sentir como si fuera hoy, esa alegría de volver a entrar por ese amplio portón metálico de color verde, saludar al portero y seguir la hilera de otros niños haciendo lo mismo que yo.

Iba contento pensando en que vería a la chiquilla que me gustaba y que dejé de ver al momento de salir de vacaciones. De mi hombro cuelga un nuevo bolsón, que muy seguro terminará el año destrozado y con varias visitas previas al zapatero y eso, porque en algún momento lo usarán otros como balón de fútbol. Pero es de cuero y mi madre me advirtió, este tendrá que durante por lo menos cinco años.

Dentro del maletín van mis nuevos cuadernos, en realidad solo un par, los demás harán su llegada cuando la profesora jefa del curso nos entregue la lista de materiales. Pero esos dos tienen aroma a sin usar, hojas de color verde claro, a líneas uno y el otro, porque mi mamá sabe de mis gustos, es sin líneas y de hojas perfectamente blancas.

En la primera página de ambos ya figura mi nombre, lo había escrito con la mejor caligrafía que tenía, la tarde anterior, que siempre era la de un domingo. Sobre ellos, una vez sentado a mi nuevo pupitre, puse el estuche con mis lápices. Dentro no es todo nuevo porque atesoro y cuido como eso, un tesoro, todos los pequeños lapicitos de años pasados. Terminan tan cortos de tanto afilar su punta. Del nuevo para comenzar el año, atado al extremo sin punta y mediante un cáñamo blanco, cuelga una goma amarillosa para borrar, la famosa goma de miga.

Todo esto me va poniendo muy contento, el bolsón pende del respaldo de la silla, a mi lado se ha sentado María, quien como yo esperaba, ha vuelto a clases; otros cambiaron de colegio, ella no. Sobre el uniforme ahora luzco un overol color crema y en uno de sus bolsillos eche las cinco bolitas de cristal que me traje a escondidas. Son para jugar en el recreo.

Hasta aquí sigue de maravillas. (7:55 am)

De pronto ha dejado de serlo y vuelta a la realidad, eso, producto de que la profesora ha gritado su primer, ¡Silencio niños!

Metido aún bajo la ducha oigo a mi esposa gritar a través de la puerta cerrada, qué si no me apuro, llegaré tarde al trabajo.








Photo by Museums Victoria on Unsplash

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