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  • Dario Navia Pohl / Daro Pohl

Moraleja para un Budista

De esto ya muchos años han pasado. Regresó por una conversación de suertes.

—Nunca he ganado nada —fue el comentario de mi mujer.

—Yo tampoco —mi respuesta.

Hablábamos exclusivamente de rifas y premios.

—Aunque estrictamente hablando, en una oportunidad gané en una rifa.


...Contaba con diez años edad y junto a mi familia asistí a una fiesta en el colegio; se hacía todos los años. En ésa oportunidad pasé por el salón donde se llevaría a cabo la rifa de diferentes artículos donados por apoderados, padres de otros alumnos y los míos. Contaba con algunas monedas en el bolsillo y me decidí por comprar un número en la lista donde se rifaría una pipa. No vayan a imaginar que a mis diez años pensaba en fumar, eso lo hice a mis catorce. Como les digo, compré número pensando en ser el afortunado ganador y regalársela a mi padre para navidad. Sabía que nunca antes había ganado un sorteo, pero esta vez sentía la fortuna de mi lado.

Al momento del sorteo concurrí al salón; no dije nada a mis padres. El acuerdo o “reglamento” de sorteo era que los dos primero número irían al agua, desechados, y que el tercero sacado de la bolsa apuntaba al ganador.

Menuda sorpresa me llevé cuando cantaron el mismo número que sostenía en mi mano izquierda y en la tercera posición. ¡Me había convertido en el ganador del artículo! Acto seguido se preparó la entrega del mismo y ahí vino una mayor sorpresa, alguien había sustraído la pipa dejándome en ganador de nada. Mis expectativas ya podrán imaginar en qué se convirtieron.

Pasada esa Navidad, ya van cincuenta años de esto; he recibido el premio. Aún como en aquella noche de Noche Buena nos ha hecho reír. Mi padre ya no está, mi familia está a muchas millas de distancia, mi esposa supo solo hoy de la historia y aún así, por unos momentos todos hemos estado reunidos riéndonos de mi desgracia con la rifa.

Por segunda vez sentado escribiendo esto para ustedes, vuelvo a reír. En esa oportunidad no fue suficiente con lo de la pipa. El dinero me fue devuelto y viéndolo de regreso en mi mano, pasé al salón de subasta; ahí pensé en mi madre y decidí probar suerte como comprador. Mi ofrecimiento por un juego de cristal compuesto de dos bandejas labradas y con su respectiva taza para té, fue la mejor oferta y a la cuenta de tres sonaba el martillo dándome como adjudicador.

Llegué a casa con mi tesoro oculto y lo empaqueté para la Navidad de mi madre. Segunda sorpresa que llenó con más risas la noche. Aquellos platos con sus tazas de cristal tallado, habían sido donados por mi madre. Un regalo de su día de bodas guardado, porque nunca les gustó. Bueno, ahora estaba de regreso gracias a una pipa sustraída.


Dedicado a mi madre y a mis hermanos.

Photo byShivam DewanonUnsplash

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