• Dario Navia Pohl / Daro Pohl

Old George y el Psicólogo (Cuentos de un pueblo chico)

Actualizado: oct 13


Old George, el Psicólogo, mi mujer y yo, vivíamos un tanto apartados del pueblo, no mucho, pero lo suficiente para estar entre árboles y la naturaleza.

Las casas del barrio estaban suficientemente alejadas unas de otras, lo que proveía una privacidad apropiada para todos y el silencio reparador que uno busca en el bosque. En esto ayudaban los árboles que crecían entre unas y otras; magníficos pinos Ponderosa que se erguían al cielo habitualmente claro. En invierno, eran puntas verdes sobre un manto blanco.

Las propiedades carecían de cercas, cada uno sabía perfectamente los límites o los podía determinar siguiendo una línea de piedras a lo largo de toda ella. Fue aquello una de las características que nos gustó cuando compramos, la amplitud de la distancia sin barreras.

La zona sin tener un invierno crudo, dejaba saber del trabajo por hacer antes de que comenzara; fue así como conocí a Old George. En realidad cuando me presenté lo saludé, Sir, a lo que el respondió, luego de una pequeña introducción de ambos, llámame Old George. Le gustaba ser llamado así por sus 96 años de edad y haber sido uno de los pioneros en llegar al barrio. Algo así como el abuelo de todos.

En alguna oportunidad me contó haber luchado en la Segunda Guerra Mundial y que hubiera preferido no tenerlo que hacer y que ni el comienzo del Alzheimer le había permitido olvidar. Todavía en algunas noches oscuras y de soledad, solían regresar las pesadillas.

El día que conocí a Old George lo divisé desde mi patio trasero, yo andaba haciendo cosas por ahí cuando lo vi que trozaba leña con una pequeña hacha en la parte trasera de su casa. Lo miré detenidamente y me pareció un hombre muy mayor para tan agotador trabajo, entonces me dirigí hasta el depósito de leña, cogí los guantes y me eché el hacha sobre el hombro.

Mi otro vecino es Psicólogo, ha de tener unos 45 años, he visto a sus dos hijos, un jovencito de unos 15 años y una menuda niñita entre los 9 a 11 años. Viven en el lado Oeste, entre la propiedad de Old George y la nuestra. Lo he visto cortar leña, reconozco que tiene fuerza haciéndolo. La mía, la corto con un cortador eléctrico y algunos trozos los hago con el hacha; ya no estoy en forma. El día que se lo ofrecí a Old George, cargaba con ella.

No thank you young men. Esto que me ves hacer me mantiene activo. Es mi ejercicio de todas las mañanas.

Aquel día se tomó un descanso y mientras, sentados sobre unos troncos al abrigo del sol nuevo, me fue contando pasajes de la guerra y de su nueva lucha que iba perdiendo contra un cáncer pulmonar.

Para el final del siguiente verano, detrás de aquel otoño, Old George partió a juntarse con los suyos, dejó este mundo en el silencio de una noche.

Durante el inicio de este otoño que comencé a contar, tres estaciones antes de su partida, en una noche fresca, con mi mujer dejamos las ventanas abiertas para que durante las horas nocturnas entrara la brisa con su aroma a pinos, soltado durante el calor del día ido. A la siguiente mañana junto al despertar, pudimos oler el humo; miramos desde el dormitorio a la sala y se podía apreciar una leve niebla flotando en todo el interior. Salimos del cuarto en misión de cerrar ventanas y pensando en el inicio de un nuevo incendio forestal, habíamos pasado por otros durante el verano y para qué negarlo, nos alarmó.

Mientras cerraba una de las ventanas que daba a la parte trasera, pude ver que nuestro vecino, el psicólogo, quemaba un montón enorme de hojas acículares secas. Recordé haberlo visto el día anterior limpiando su propiedad y por lo visto, decidió hacer un fuego con lo reunido y razón para el humo dentro de la casa.

Una segunda observación en ésa dirección, me llevó al dormitorio en busca de mi ropa. Me vestí dispuesto a salir y conversar con él. Al aproximarme mi primer instinto fue saludarlo, luego hacer la pregunta queriendo averiguar del por qué hacía eso, que con el uso del ventilador eléctrico puesto del otro lado de la fogata, estaba desviando el humo hacia mi casa. Su respuesta me dejó incrédulo y me obligó a ser verbalmente rudo exigiéndole que apagara el aparato.

—Lo que sucede es que el viento está soplando desde ésa dirección, apuntó al Oeste; y se lleva el humo hacia mi casa, por eso uso el ventilador.

No fui capaz de decir más por miedo a lo que pudiera salir de mi boca y viendo que había hecho lo solicitado, decidí regresar junto a mi mujer para desayunar.

Los siguientes treinta minutos los dejamos en la cocina conversando sobre el incidente y cuestionando la profesión del vecino y su tan individualista visión.

Desde esta otra ventana veíamos un día esplendoroso, un cielo azul limpio y por entremedio de los pinos Juniper divisamos a Larry, nuestro otro vecino, mientras sentado sobre su pequeño tractor trabajaba moviendo una grandes piedras. Llevamos las jarras con café a la mesa junto a las tostadas. Al mirar el patio trasero, vimos que era cruzado por una columna horizontal de humo denso y donde no se podía apreciar la casa de Old George, la del viejo soldado con sus sueños de terror tras combatir por la libertad de muchos; la del hombre de avanzada edad que se debatía en sus últimos días contra el ahogo del cáncer que llegó por él.

No pude resistir el no ir con un improperio a flor de labios contra el psicólogo, pero al llegar frente a él lo abordé desde su materia, la sicología. Siguió sin comprender, solo apagó el ventilador frente a la exigencia y bajo amenaza.

Me fui con la pregunta sin respuesta, ¿cómo es que tenía hijos?



Dedicado a Old George, aunque nuca lo podrá leer, no sabía el español.


Photo by Jana Sabeth on Unsplash

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