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  • Dario Navia Pohl / Daro Pohl

Páginas de mi diario


Me bautizaron bajo el mismo nombre que llevó mi abuelo, el papá de mi mamá. Nunca lo conocí. Mi mamá solía contarme que falleció en un accidente. Que era buena gente y cariñoso, por eso es que me dio su nombre.

Mi padre no se opuso, que iba él a saber. Aunque yo pienso que mi nombre debió ser más femenino.

Mi madre me decía que él también lo quería mucho. Mi papá quería mucho a su suegro.

Aún no he escrito cuál es mi nombre. La verdad, no tiene tanta importancia. Más bien ninguna. Desde ayer han dejado de tener importancia muchas cosas. Antes me ahogaba. Ahora ya parece no importarme.

Para qué contarte mis entrevistas con terapeutas. ¡Años! Llegué a tener hasta tres en un período de seis años. Uno por cada dos. No, miento; con ella pasé tres. Con uno de ellos solo estuve un año. Pero en fin, no es asunto y la verdad, como lo he escrito, ya no me parece importante.

Desde ayer soy… ¿Debería decir fui? Hasta eso ya no me importa. He vivido cuestionado. Yo mismo me he cuestionado por años, pero desde ayer se terminó. Y no, no fui, porque ahora sigo siendo… Yo no lo llamaría felicidad. En realidad no sé cómo llamarlo. Un amigo me dijo que era doloroso. Yo no creo que sea un dolor. Es no convencional, eso es todo.

Creo que si le quitara todas las etiquetas sociales, no es más que una relación como cualquier otra, en donde dos personas compartimos sentimientos, pero donde las circunstancias etiquetadas nos sitúan diferentes. Al menos así lo entiendo ahora. Entonces ayer…

¿Qué importa? Deja que te cuente.

Nos conocimos hace diez años. Hoy tengo cuarenta y dos. Desde el Martes pasado, fue solo ayer; dejé de ver los veinte años que nos separan, solo los he recordado ahora que te cuento. Bueno. Hay muchas otras cosas que nos separan, por eso mi amigo dijo que es doloroso.

¿Curioso? ¿Cómo fue?

Tengo que rememorar los diez años pasados, sin éstos, lo de ayer no tendría ninguna importancia, ya que fue lo que provocó que lo demás dejara de importar. No me hagas mucho caso, es confuso.

Aquella media mañana me encontraba sentado en un sillón al interior de la librería, hojeaba un libro de Nietzsche por averiguar si era de mi interés. Me gusta leer filosofía. Leo mucho a Schopenhauer. Dicen que era un pesimista. Yo no lo veo así. El libro que hojeaba, Genealogía de la Moral. Llevaba en eso unos diez minutos y ya había leído de forma rápida otros, los que había ido acumulando a un costado, junto a la pata del sillón, en el suelo. Antes había pasado un tipo que me preguntó si necesitaba ayuda, le respondí que no. Cuando quise volver en lo que estaba, primero miré al frente, vi que el otro sofá comenzaba a ser ocupado; no logré divisar su rostro, miraba hacia el asiento. Sostenía un libro en la mano izquierda, donde además llevaba una pulsera y en sus oídos unos AirPods. Cuando levantó la vista, por naturalidad desvié la mía, no quise que me sorprendiera mirándolo y seguí en lo que estaba antes de detenerme.

Luego pareció ser que era el día de las interrupciones. Ahora había una dependienta preguntando si necesitaba ayuda. Igual que antes he dicho que no. ¿Serán los libros que mantengo junto a mi, en el suelo? Me pregunté.

—Disculpa que interrumpa tu lectura. La verdad es que no deseo molestar, pero me interesó el título de lo que lees.

—¿Cuál? ¿Éste? —Le mostré el que sostenía.

Sonará estúpido de mi parte, pero en ese momento pensé en los otros libros puestos en el suelo. Luego se me cruzó la idea de otro jodiendo mi tranquilidad. De inmediato supe que no se lo podía decir, no va conmigo. La verdad. Me conquistó su acento al hablar, entonces menos se lo diría.

Después de esa primera vez, nos volvimos a encontrar en otras ocasiones en el mismo lugar.



Él


La última vez que nos hemos visto en la librería, me ha invitado a tomarnos un café. Accedí.

Fuimos a un sitio tranquilo. Está ubicado en el centro de la ciudad. Hemos llegado caminando desde la librería, para no tener que ir cada uno en automóvil y luego buscar dónde estacionar. Ésas cosas prácticas que se hacen. Por mí mejor. Detesto tener que estar dando vueltas y vueltas queriendo encontrar un espacio en la calle. Además, tener que estacionar retrocediendo, lo detesto.

Al final la hora que pasamos juntos, se nos fue volando. Conversamos de libros, diseño, filosofía y algo de lo qué hacemos. No puedo negarlo, logró despertar mi interés y sé que yo, el de él. Lo pude sentir. Esa cosa que el cuerpo te dice por dentro.

Ese día nos tuvimos que despedir pronto, la hora como les dije pasó tan rápido y yo tenía que irme. Me esperaba una reunión de trabajo y era ineludible. Un cliente. Pero quedamos en el siguiente miércoles. Mismo café.

Los siguientes días pasaron normales. Nada admirable que contar. El trabajo. Discusiones con clientes por cambios de última hora. El viernes tuve hora con mi terapeuta. No le hablé de él. El sábado me lo tomé de descanso y en un momento del día, salí a caminar con Rafael, mi perro. Hacía tiempo que no paseábamos juntos por las calles del barrio.

El martes me dio algo, el día se me hizo extraño, todo me agitaba. Hasta que llegó la hora de vernos.

En la puerta de la cafetería, eran las seis en punto; él ya había llegado cuando yo lo hice. Me ofreció ir mejor de bar, después de todo ahí ya habíamos estado y la hora se prestaba para beber algo. Esta vez no he bebido, me refiero a algo con alcohol, me gusta estar en control.

Volvimos a conversar sobre nuestros trabajos. Tenemos mucho en común en eso. Hablamos de cambios, tensiones del día a día; lo agotador que se hace y el poco espacio que hoy todos sufrimos no tener.

Para las nueve y cuarto, nos estábamos despidiendo en el estacionamiento. Al día siguiente los dos teníamos que trabajar y él, obligado a madrugar. Me contó tener una reunión de equipo. Algo importante.

Por casualidad nos encontramos el sábado. Los dos recorríamos la misma tienda. Luego de conversar por un rato, me invitó a su casa para el día siguiente, domingo; a almorzar me dijo. Llegué a la hora, no más temprano, no más tarde. Dijo a las cinco y ahí yo estaba, de pie en la entrada, tocando el timbre a las cinco en punto.

La cena fue muy amena, tranquila. Conversamos una vez más de nuestros empleos, proyectos desarrollándose. Sentí que por mi bienestar, sería mejor mantener las cosas en su lugar. En resumen he tenido mis dudas. Decidí olvidarlo y seguir con mi vida adelante. Si lo volviera a ver, creo que lo más apropiado, es mantener una amistad. Hoy tengo puesto todo mi empeño, en los proyectos de diseño que llevo delante.

Han pasado dos meses desde que cenamos en su casa. Ayer me llamó. Hoy nos juntaremos en el café de siempre.

Ayer hemos estado en el café. Comenzamos conversando de lo mismo y luego me propuso ir al bar donde ya hemos estado. La hora había ido pasando y los dos, a juzgar por nuestras caras; sentíamos hambre.

Bebí una cerveza junto a la comida. Luego al finalizar, tuve la mala idea de pedir un Martini. El alcohol siempre me desinhibe más de lo pensado y yo lo quise olvidar. Todo se hacía tan ameno, que hice a un lado el recordarlo.

Cuando fuimos al estacionamiento, antes de despedirnos, me besó. Ha sido el beso más dulce que me han obsequiado. Me empujó suave contra la puerta de mi vehículo, me hizo sentir su peso contra mi cuerpo y lo vi cerrar los ojos. Lo imité. Sus manos sostenían mis mejillas. Lo hizo con delicadeza. Cuando nos separamos y por la hora, quedamos en vernos al día siguiente. Ahora cuando lo recuerdo y escribo, ya pasan de la una de la madrugada. Estoy en la oficina que tengo en casa.

Conversamos de su esposa. Antes he omitido de adrede nombrarla. El día que cenamos en su casa, ella estaba ahí. Me la presentó. Mi presentación fue como compañeros de trabajo. Su nombre es Elena. Tienen dos hijos. Ellos no estaban para la cena, el mayor está en la universidad, entonces no vive en casa y el menor, había salido con unas amistades. Ahora querido diario comprenderás el por qué alejarme de él. La situación es complicada.

Hoy nos juntamos en un motel como lo acordamos ayer. Nos hicimos llevar algo para beber. Por la hora, pedimos dos Bloody Mary.

Ya te imaginarás que hicimos. ¡Nada! Solo bebimos. Nos hemos vuelto a besar y conversamos de su situación. No hubo nada de sexo. No quiero apurarme y él está complicado con lo de su mujer y los hijos.

Su esposa tiene cáncer. Hace seis meses, luego de unas vacaciones, comenzó a sentirse mal; fue cuando la diagnosticaron. Creo que es terrible por ella. Tiene cáncer de mamas. La han extirpado, pero sigue en tratamiento. Para él y los hijos, me cuenta que ha sido difícil. El ánimo de ella se ha tornado violento de vez en cuando. Los hijos se han encerrado en sus cosas y el toma como refugio su trabajo.

Nuestra situación, aunque siente que lo libera, también ha llegado en mal momento. La verdad, no sabe como enfrentarla y yo, no voy a forzar la situación. Tampoco quiero hacerlo.

Desde la tarde en el motel, han pasado tres meses. No lo he buscado y él tampoco a mí. Mejor es dejar la fiesta en paz.

Querido diario, al principio te he dicho que mi nombre debió ser más femenino. Posiblemente todo esto sería más fácil y como mujer no me habría importado. Pero tú sabes como soy. Enfrentarlo a su mujer es una cosa. Ella con cáncer, es otra; pero que los hijos se enteren que es gay, es algo muy distinto y no seré yo quien lo provoque.








Photo by Andrea Tummons on Unsplash


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