• Dario Navia Pohl / Daro Pohl

Postal de un viaje (Cuentos de un pueblo chico)

Actualizado: oct 13



Pasado un par de meses que mi madre cumpliera sus ochenta años, nos vino a visitar. Abordó un vuelo y…, pero no les quiero hablar de su vuelo, sino de su experiencia postal, ésa de los recuerdos, la que uno se lleva en la memoria y como suele suceder, la primera es la más indeleble.

Acomodada ya en casa y a salvo de los cambios de horario, como a su nueva habitación y haberse salido del ruido de un idioma que no entiende, un día me acompañó de compras al supermercado.

—Mamá —la llamé para que me pusiera atención. —No te preocupes, nadie se meterá contigo. Y si alguien lo hace, será sólo para saludar. Sonríe. Con eso será suficiente.

No porque sea mi madre, pero ella es una persona amable.

—¿Qué cocinarás hoy? —Me preguntó mi esposa.

—Lentejas.

—¿Tienes todo?

Fue ahí, precisamente en ese instante, que decidí salir de compras junto a mi madre.

—¿Qué necesitas?

Kale —le respondí con toda naturalidad, como si ella supiera a qué me refería.

—¿Qué es eso?

Tras la explicación llegamos a la tienda.

—Acuérdate, te dijeron que tiene que ser or…

—Orgánico mamá. Lo recuerdo bien. En esta tienda todo es orgánico.

En el área de productos metí dentro de una bolsa biodegradable un atado de Kale y otro de acelga. Camino a pagar recordé que nos hacían falta unos remedios homeopáticos.

—Bonita tienda. Y tranquila.

—Sí. Siempre es así —le comenté.

—No se ve mucha gente. Vieras como están allá. Las colas en los supermercados son interminables. Yo ya no voy, tú sabes que no puedo pasar mucho rato de pie.

—Ven, acompáñame —le pedí. —Me hace falta jabón. Sí, también es orgánico —se rió.

—¿Tienes todo?

—Todo. Vamos a pagar y de ahí, a casa.

Nos pusimos en la única caja disponible, inmediatamente detrás del siguiente cliente en fila.

—¿Cómo es posible?

Escuché que mi madre atemorizada me preguntaba en voz baja. Miré a todos sitios, mientras ella tiraba de mi camisa y hacía una indicación en la dirección correcta con sus ojos. Caigo en cuentas. Se refiere al sujeto delante nuestro.

—¿Puede hacer eso? Es …

—Sí. Sí puede. Es lo que llaman “freedom”, libertad.

—¿Pero si le da por…?

—Menudo problema tendremos —le digo. Pronto me percato que está nerviosa y agrego. —No le prestes atención.

—Pero si ésta es una tienda de orgánicos. ¿Cómo permiten eso?

Mi madre seguía preocupada del sujeto delante, aquel hombre blanco, robusto, alto, de ancha espalda, rubio, de mediana edad, cargando bajo sus sudados sobacos dos sendas pistolas 9mm.

—Má —le digo. —Lo llamo terrorismo orgánico. Seguro que a nuestro país llegará pronto el “freedom”.

Al salir, mi madre se llevaba su primera postal de viaje.





Photo by Richard Bell on Unsplash

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