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  • Dario Navia Pohl / Daro Pohl

Septiembre 14


En el piso de una torre de apartamentos de altura, salió al balcón y vió como venía asomando la mañana. Se había escurrido temprano de la cama, cargaba en su mano con una taza de té; ya antes había mirado la fecha, aunque no tenía necesidad de hacerlo porque bien la recordaba.

Apoyó la mano libre sobre la baranda y comenzó a repasar las imágenes que durante la noche lo habían ido a visitar.


¿Qué me podría decir?

Sé que nada, solo puede mirar.

El niño sigue estando ahí pese a que la distancia puesta en años ya se ha alojado y la asentada en kilómetros se le ha acentuado.


Anoche soñé contigo.


Solo lo piensa, no llega a decírselo asimismo.

Habla con nadie y conmigo. Frente a él la ciudad despertando junto a sus memorias.


Me enseñaste a tirar el trompo y luego a elevar volantines. Lo primero que me mostraste en las artes del vuelo fue a ser libre, hicimos con papel periódico una cambucha. Ese día luego de volarla mis piernas estaban agotadas y me dejaron el deseo de seguir volando por todo el tiempo que vendría.

Hoy a los sesenta años, aún me agacho a jugar con unas bolitas que conservo, los amigos son imaginarios, siguen siendo reales esos dos de la Plaza Brasil a quienes les gané en el juego de la Troya y frente a su enojo tú me defendiste.

Releo libros que compartimos y lo que llevabas de anarquista se me quedo dentro.

No te sorprenderá saber que sigo metiéndome en líos, que después de todas las veces que me llevaste a la psicóloga para hacer a un lado mi dislexia y poder leer y escribir, me he hecho escritor. Como ves, seguí volando cambuchas, jugando a las bolitas y mantengo una colección de tres trompos, que cuando me enseñaste a hacerlo bailar, me advertiste: "Te puedo mostrar cómo, pero como lo tiran las mujeres, no sé otra". Lo hice bailar así por todos mis años de juegos infantiles, ya de adulto aprendí a tirarlo desde sobre la cabeza, sigo prefiriendo desde la cintura, conlleva más técnica y no la violencia del latigazo hecho por el cordelito. Es un juego como volar, danzar y vivir.


Aún con la taza de té en la mano, perdido en el azul de la nada y de todo, lo veo sonreír.


No he olvidado los berlines comprados a la salida de la consulta de la doctora, al cruzar calle Providencia, frente a las Torres de Tajamar. Tampoco los erizos del mercado en Los Leones con calle Diego de Almagro.

Ahora cuando la colina bajo mis pies ha comenzado a descender, puedo ir por una copa de vino tinto y preparar un caldillo; pero antes y para celebrar que te conocí, haré bailar un trompo, jugaré a las bolitas y por lo que quede, seguiré no olvidando volar.


Al cabo de un largo silencio lo veo entrar en su apartamento; luego de tomar una ducha, se encamina al mercado, va en busca del aroma a cilantro y el de unos limones verdes.

Hoy es catorce de septiembre, sabía que lo recordaría como nunca ha dejado de hacerlo y ha salido a celebrarlo.


Afuera ha quedado solo el viento pasando entre las torres de apartamentos. Perdido allá abajo entre la multitud, iba camino en busca de algo.

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Obsesivo

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