• Dario Navia Pohl / Daro Pohl

Situaciones en cuarentena ©

Actualizado: hace 5 días



Por la mañana como haces habitualmente cada día, te tendiste de espaldas sobre la alfombra que decora la sala. Tras un crujir de huesos y tendones torcidos, estos últimos sólo audibles por ti, te hizo pensar en tus años. Comenzabas con los ejercicios matinales y sus distintas posturas del Yoga, en un intento de elongar, lo que ya habías perdido en plasticidad.

Pasados treinta minutos te incorporaste para dar paso a tu rutina de Qigong, y luego continuar por más tiempo, con la práctica del Tai-Chi. Entre una y otra, volviste a escuchar la crujidera.

Terminada la rutina de ejercicios, te has ido en busca del remedio de Árnica, diluyes quince gotas en medio vaso de agua. Tu día siguió como los pasados, bajo encierro.

La mañana de hoy te has levantado temprano, más de lo habitual, tu despertador de la incomodidad muscular, que literalmente, te arrojó fuera de la cama. Has ido por la cocina, con la misma intención de preparar tu acostumbrada taza de té, ésa que tomas de forma regular antes de desayunar; el café será más tarde compartido junto a ella. Con la taza transparente en la mano y su líquido de color café algo anaranjado, humeante y oliendo a Cardamomo, te deslizaste hasta tu oficina, sigiloso, procurando no hacer ruido para no disturbar su sueño.

Realmente su oficina, es la habitación más pequeña que tiene la casa y que por acuerdo de ellos, destinaron a eso que suele nombrar como su sucucho, un espacio atiborrado en libros, máquinas de escribir, frascos de tinta, papel y más, considerablemente más.

Muchos de ustedes comprenden esa oficina, saben a qué se dedica, y para los que recién vienen llegando, les cuento que es escritor y dejémoslo hasta ahí, la idea de mi relato, es lo que poseeré después de todo este recuerdo que hago, hasta llegar ahí, nuestro presente.

Frente al ordenador, dejaste las primeras horas en la edición de algo que has escrito la tarde de ayer. Pasadas dos, eran las siete de la mañana, los músculos ya cansados, y no del todo por la edad, sino más por el reumatismo que te aqueja, cosa que la medicina tradicional ha dado en nombrar Fibromialgia; comenzaron a incomodarte. Se había cumplido tu hora de abandonar la silla, la alfombra esperaba por ti.

Cuando asomaste por la sala, y cosa que no habías notado, al pasar por ahí varias veces antes; la atmósfera te pareció diferente. Posiblemente fue la hora. ¿Distinta luminosidad? El caso es, que lucía con una particular singularidad, un entorno mudable.

No diré que no le ha prestado atención, porque sí lo ha hecho, de hecho, cierto es que puedo contarlo; pero quiero dejar en claro que su atención dispensada, fue sólo eso, mirar la sala, verla irregular, y no en sus formas físicas, porque su visión estaba perfectamente lúcida, sino que le pareció algo abrupto en el espacio, irrumpido al penetrar la luz a través del vidrio transparente y claro.

¡No!

Lo ha negado él mismo, y lo ha repetido, ¡no!, y ha sido tajante. Pero…

Sentiste que te equivocabas, no habían sido los rayos del sol; tampoco las esporas que flotaban, que más bien parecían suspendidas en el aire. Esto siempre y cuando, a esas partículas de polvo, se me permita nombrarlas por algo que no cumplen.

Al final de tanta observación ciega que parecías hacer, removiste tu calzado, el que sólo usas dentro de la casa y te paraste sobre la alfombra. Esta vez su lana, su áspera textura, su color, el espíritu de su procedencia indígena, parecieron no causar el impacto de otros días en ti. Hoy, por alguna razón inexplicable o ninguna, puede que sólo haya sido el producto de tu imaginación llena de ansiedad; al quedar situado de cara hacia la puerta y no mirar con dirección a la chimenea como haces por costumbre, te insinuó algo. Miraste el marco de la puerta y en silencio dijiste, «Eso es». Luego lo has vuelto a pensar y una vez más, convencido como estabas has repetido, «Es eso», mientras movías imperceptiblemente la cabeza en tono de reconocimiento.

Nuevamente, al observar la puerta en los siguientes segundos, pareció hacerse una respuesta en ti, y con ella llegó el nacimiento de la idea, alejarla del muro donde se encontraba apoyada. Aquí comienzo a hacer mi entrada. Pensaste, «Me ve mi mujer haciendo esto…, dirá que esa puerta está bien donde está». Luego saltaste a otro, «cuando le explique lo que me propongo hacer, dará media vuelta y mientras se aleje, me dirá que estoy ido de la cabeza».

Miraste el reloj. Eran tan sólo las siete con ocho minutos, aun contabas con otras dos horas, minutos más, minutos menos, antes de que ella despertara y te hiciera desistir.

¿Recuerdas la primera vez que has movido esa puerta? Fue al cogerla de su parte superior, marco y panel lo hicieron unidos, uno estaba clavado al otro formando una compacta pieza, como debía de estar. Hasta ese momento, se encontraba apoyada contra la parte trasera de un librero. Eso fue al interior de la tienda de muebles usados, que junto a ella, llevabas recorriendo por más de media hora.

Siempre ha dicho ser un hombre honesto, y esa primera vez, la miró con más ojos de costo que como pieza decorativa. Por otro lado, como artículo ornamental, no le pareció muy bella, sino por el contrario, hasta algo espeluznante.

¿Dónde la pondrás? Le preguntaste en aquella oportunidad a tu mujer, pensando el que ella tuviera que vislumbrar un sitio, así te salvarías de tener que desembolsar el dinero; costo que aun no habías llegado a averiguar.

Realmente…, no se me ocurre. Fue su respuesta y acompañada por esa cara que siempre pone, cuando ve alejarse una posibilidad de compra impulsiva.

«Asunto olvidado», pensaste triunfador. Sin un sitio dónde ponerla, te (los) ponía a salvo del aun incierto valor. Y claro, de mí también. Que lástima.

¿Qué te parecería en la sala? Fue su pregunta con el broche de oro.

¿Dónde? Tu respuesta sin asidero, consabida como muerta, porque ya ambos habían visualizado el rincón; ella, antes de preguntar, se le notaba en los ojos, y tú, cuando pensaste, «Estoy acabado».

Al finalizar la visita por la tienda, el precio resultó ser justo, más bien, imposible de rechazar. Además, la casa cuenta con espacio y te ayudaron en acomodarla en la parte trasera del Station Wagon.

Ven, volvamos al living.

Nuevamente miras la puerta y sopesas la posibilidad que se mantenga erguida por sí sola, sin la necesidad del muro a su espalda. La alejaste unos metros desde donde estaba originalmente. Gracias a su grueso marco, se mantuvo sin ningún inconveniente y sin necesidad de otro auxilio. Entonces, enfilaste los pasos hacia el garaje en busca de un martillo, sin esa herramienta era imposible separar una del otro; el panel que cubría el hueco al interior del marco, se encontraba fijado por esas puntas aceradas.

Eran las siete con veinte minutos, cuando por tercera vez miraste el reloj. El tiempo había comenzado a desaparecer y bajo el riesgo, de que apareciera ella por el living, tu mujer.

A medio camino entre la sala y el cobertizo, te volteaste a mirar la puerta y has regresado. ¡Qué va! Has dicho. Se llega a caer, menudo problema en el que estaré metido, fueron las palabras con el escalofrío que te recorrió. Decidiste regresar a poner la puerta en su sitio. Ahora, irías por el martillo. A la vuelta con él en la mano, te miraste incrédulo en el espejo del vestíbulo. «¿Qué estoy haciendo?» Te has preguntado aun con tiempo, y no lograste convencerte de que era una estupidez.

Eran las siete con treinta y seis minutos, sólo te queda una hora y veinte aproximadamente, si no quieres ser sorprendido.

«¿Sorprendido en qué?» —retumba en tu cabeza.

Me preocupé en ese momento, aun no podías hablar conmigo, menos oírme.

Todo parecía tener apariencia de sin razón. Entre tu ansiedad, la cuarentena por el virus, el uso de mascarilla donde fuera que ibas y ahora, querías separar la puerta de su marco. Razón tendrá tu mujer si te sorprende moviéndola.

Pero ahí no terminó la cosa. Ya tenías el martillo y lo usaste. Retiraste los clavos y decidido en dejar el resto para el día siguiente por tu falta de tiempo.

Debiste reconocer que habías corrido con suerte, cuando tu esposa, esa misma mañana y como nunca, amaneció con quince minutos de antelación.

Para no dejarlos a la espera de lo que sucederá al día siguiente, y porque además, me parece importante para la comprensión de este relato, y para mis manos que lo esperaban; les describiré mientras tanto, ese hueco abierto que él veía.

Tanto ustedes como él, su mujer también, la madre de él que está en casa junto a la hermana de él, en resumen, todos, están viviendo esta peculiar forma de transitar por una pandemia a raíz de un virus, encerrados. Además, alertados de que al salir, deberán hacer uso de mascarilla y mantener distancia con los otros, cosa que han nombrado distancia social. ¿Cómo una distancia se puede hacer social? Cuando lo social no acepta las distancias, sino, pregunten a los idos.

Bueno. El punto que nos interesa es la puerta, la que se encuentra en la sala de ese living. Disculpen, antes de proseguir, déjenme mostrar otra particularidad que afecta producto del encierro. Las noticias y el tiempo por el que se ha extendido esto, además y de seguro, los ayudará a comprender lo descabellado de la idea, puesto que otra cosa que los está atacando con mayor sigilo y menor notoriedad, que solapadamente les impone hábitos. Les daré un ejemplo: Querer desinfectarlo todo. Hasta hay preocupación en que el ojo izquierdo transmita algo al ojo derecho. ¡Sí! Suena ridículo, lo sé, porque los dos son tus ojos. Pero para que sopesen, si han introducido la mano dentro del bolsillo del pantalón, el del lado izquierdo exactamente, ahí donde llevan la tarjeta de crédito o el dinero, mismo con que pagan las compras en la tienda y claro, se han lavado las manos al llegar por casa, pero luego la han vuelto a meter en el bolsillo…, ¿Te habrás infectado el ojo izquierdo tras la picazón?

¡Ya! ¿Me siguen? ¿Han pasado por eso?

Ansiedad se llama, pura y sencillamente ¡Ansiedad! Ésa, la misma que puso a Alberto frente a la puerta a practicar Yoga, Qigong y Tai Chi, y cuando la miró, se fue al garaje en busca de un martillo para sacar los clavos y poderla abrir, como realmente se debería de poder abrir una puerta.

Ahora ya pueden formarse la imagen clara por lo que atravesaba, y mis disculpas por ser un desconsiderado y no escribir atraviesan e incluirlo a usted mi amigo que lee, y es debido a que ustede no tienen esta puerta en el living de sus casa y que yo lamento.

La idea tomó relevancia, cuando sostenía una de las posturas del Yoga. Miró la puerta y… Ya todos han leído, el martillo, bla, bla, bla, blá.

Cruzar su umbral, se fijó en su cabeza como algo perentorio. ¿Qué pasaría si abro esa puerta y una vez franqueado el acceso, voy del otro lado? ¿Estaré en la misma sala, sólo que del otro sector? Otra posibilidad, ¿nada?

Pero le seguía atrayendo la primera idea y yo aguardaba.

La puerta. Tiene una altura por fuera del dintel de seis pies, que es lo mismo que 72 pulgadas y un ancho de casi 42 pulgadas. La hoja movible es más pequeña, sólo cuenta con cinco pies, un metro y cincuenta y dos centímetros, que sería lo mismo que 60 pulgadas de alto. Las personas que la han cruzado, eran más bajas, no se tuvieron que encorvar cuando lo hicieron. De ancho tiene 27 pulgadas, sesenta y ocho centímetros.

¿Les dije que la compraron en una tienda de muebles usados y de antigüedades?

En ella, les aseguraron que procedía del Tíbet. Él y ella, nunca sabrían, ni siquiera se lo imaginaban, si era real o un engaño, pero los años que pudiera tener, era una gran duda. Sumar ésa a la otra duda, la de atravesar el umbral, encontrar sanación espiritual, paz interior y quién sabe si médica también, dado que los dibujos pintados en ella atestiguan que se trata del acceso a la pieza del médico de un templo. Puesto así, la incógnita del otro lado, la amenaza del virus, la cuarentena, la ansiedad por gritar ¡Ya basta! No había nada más que pensar.

Pasaba el día y Alberto seguía pensando en su empeño y mirando con ojos salvadores, aquellas pinturas sobre el fondo teñido de rojo.

A decir verdad, las imágenes no se hacen agradables, sino más bien toscas, hasta algo espeluznantes, pero que a su vez, unidas a la idea de hoy junto al pasado espiritual, le restaron importancia estética.

Cada vez que tuvo oportunidad de transitar por el living, le dio una mirada escrutadora, curiosa, hasta que se sorprendió que aquel acto, era acompañado por la insistencia en observar el reloj. ¿Sería capaz de esperar hasta el siguiente día por la mañana?

El saber que no tendría que hacerlo, fue otra señal que lo empujó en busca de su cometido.

Después de cenar junto a su esposa, y ya pasadas las diez de la noche, ella se excusó de acompañarlo para ver la película nocturna, aludiendo que estaba en medio de finalizar un tejido, y no deseaba dejarlo para después.

Ésa fue la señal por la que él había estado aguardando todo el día.

Cuando ella ha ido al otro extremo de la casa, lugar donde en ese último rincón tiene instalado su taller, cerró la puerta; esperaste unos minutos, mantuviste el televisor encendido y te deslizaste hacia la sala. Ibas a oscuras, te sabías conocedor de tu territorio. De igual manera te movías con precaución, y de la misma forma cambiaste la posición de la puerta, situándola sobre la alfombra Navajo, justo al centro. Bueno, calculaste que ese era, ya que no tenías forma de verlo, la luz era completamente ciega, la noche no tenía luz de Luna que entrara por la ventana.

Saliste desde atrás una vez que la acomodaste y te situaste frente a ella. Con la mano izquierda afirmaste el tope superior del marco, mientras con la otra empujabas la placa que obstruía tu avance. La oíste crujir y se desbalanceó por el peso al abrirla; la hoja, en ángulo de noventa grados al marco, finalmente sostuvo toda la estructura. Tus ojos seguían sin ver o siquiera vislumbrar algo del otro lado. Un primer pie dentro, y sentiste como se te agitaba el corazón. Una corriente fría pasó rozando tu cuello, te golpeó helada, creíste sentir el hálito de los Himalayas. Cuando cruzaste completamente el pequeño mamparo, y aun encorvado para no golpear con la cabeza el marco, al enderezarte, apareció esa luz brillante poniendo todo en la cruda realidad.

Desde tu completa ceguera, diste pasó al pestañeo continuo para acomodar la vista, más, el consabido temor natural que te embargaba, y oíste la pregunta.

—¿Qué haces con la puerta en medio de la sala?

La ansiedad, a los dos se nos escapó de las manos. Puede que en un siguiente día lo vuelvas a intentar, y nadie encienda la luz.

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