• Dario Navia Pohl / Daro Pohl

The Six Cello Suites #1 in G


Nota del autor: Este cuento fue escrito bajo la inspiración de la música de J. S. Bach, interpretada por Pablo Casals y razón para incorporar el video. Te recomiendo activar el video antes de comenzar a leer, así recrearas en parte, toda la atmósfera de cuando lo escribí.

Gracias por visitar mi página.


Si con la Francisca hubiéramos podido entrar en el dormitorio del segundo piso, el que estaba iluminado por la fresca claridad de un sol matutino que entraba por la ventana que daba al Este, y donde por las otras dos, las que tenían vista a la calle, se colaba la luz movida gracias al efecto de la brisa, al mecer las hojas del árbol viejo que ahí crecía, habríamos participado de ese concierto.

La Franci apoyó su ojo en la cerradura y comenzó a contarme bajito. Luego me dejó mirar y yo le conté bajito a ella.

Estaba de pie sobre la cama y se sujetaba a la cabecera con las dos manos, la que era de un hierro forjado pulido y protegido bajo el brillo del barniz. Sus brazos los tenía extendidos y trenzados, como clavados a una cruz de metal, o como si el espaldar fuera el de un cómodo sofá, los que buscaban auxiliarla en mantener el equilibrio de su cuerpo al tener las piernas separadas, y cargar su balance de un lado para luego volver al otro, lo que provocaba que sus pies desnudos pisando las almohadas, se hundieran a un ritmo acompasado. Junto al doblar de las rodillas, el movimiento le permitía disminuir y aumentar la distancia con él, quien acompañándola en su desnudez se encontraba tendido con la vista al cielo de la habitación, y seguro interrumpida por el oscuro vello húmedo femenino que provocaba su erección. Desde la posición de ella le quedaba justo al frente.

En el ambiente flotaba la profunda melodía de un cello sonando para ellos y lo hacía con Prelude en moderato (2:28) bajo la maestra interpretación de don Pablo, y donde la pareja junto con las notas en la atmósfera, se iban dejando seducir por el placer. Mientras ella otorgaba a su pelvis suaves movimientos, con los que buscaba dar encuentro al exacto punto deseado, se hacía notoria la asociación con la cuerda al vibrar la nota que le daba una grave compañía, donde con su resonancia acústica y la del placer, la clave a interpretar era en G.

Así los sorprendió el Allemande con su molto moderato (3:40) y amenazó la seguridad de una de sus manos, que al soltarse palpó su vientre sudado, mojado por el esfuerzo físico de la mañana que la incitaba a abrir los ojos, los que una vez más le devolvieron la deleitosa visión que aumentó su deseo, ante la provocadora y firme escena mostrada.

Mientras, se podía escuchar como en el cuello o fingerboard del cello, entre notas altas y bajas los dedos del músico la acompañaban con un Courante en allegro non troppo (2:32), hasta que una decisión más de éxtasis que pensada, la obligó a dejar el refugio seguro de la única mano aún asida al marco, para con las dos libres y entrelazando los dedos, sujetar por la parte de atrás el cuello de su compañero, así buscó en el Sabarande en lento (2:22) que el final llegara acompañado al corte del pulsar la cuerda mayor, y como el movimiento del arco, reproducir similar ir y venir que acompañara a sus caderas, en el momento en que sus piernas tan distantes una de la otra como para situar un cello entre sí, dieran paso al Menuett I y II con allegro moderato (3:14).

Para cuando dejé de mirar, lo volvió a hacer la Francisca. La encontró con sus manos libres una vez más, para que luego sus dedos comenzaran a subir y bajar como los del maestro, en las cuerdas sobre el brazo del instrumento, donde ella imprimió presión, mientras sus piernas arrodilladas sobre las sábanas húmedas seguían el concerto y la música fluía acompañada por los dos. Hasta que frente al violento ataque puesto por ella en el cuerpo atrapado de su amante, exaltó el final, un final digno para un string quartet, donde el cello y el segundo violín tomaron por asalto la recámara y con el Cigue en vivace (1:57) se alzó y luego todo comenzó su camino al final, dando paso al aplauso personal ante tan magnífica ejecución alcanzada.

La Francisca me dejó volver al hoyito de la cerradura. Ella de nuevo estaba de pie caminando por el cuarto, aun permanecía iluminada por el sol de la media mañana. Pausadamente cubría la distancia entre el escenario y el muro, hasta donde llegó para abrir la ventana y dejarse acariciar por la fresca brisa, la que se coló por entre las hojas del testigo mudo, que presenció los embistes, retiradas y nuevos ataques de esa donna, entregada al placer de la música junto al amor. Él se enderezó y luego volvió a reposar sobre el catre metálico. Yo disfruté del contra luz en sepia de unos pezones endurecidos, que una vez más se dejaban bañar por las partículas de polvo que brillaban en el aire, el que había sido liberado desde el visillo descorrido.

Sobre el equipo musical quedó esperando el disco dos que contenía el álbum, eso les otorgó un descanso, una pause antes del siguiente play, Johann Sebastian Bach y ellos, con The 6 Cello Suites #2 in G y el maestro Pablo Casals.

Con la Francisca bajamos al living y sin esperar los nuevos acordes, lo hicimos.

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