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  • Dario Navia Pohl / Daro Pohl

Tik Tok



A los 16 años sentado tras un pupitre, miraba a mi profesora de arte. El lápiz grafito HB en mi mano izquierda. Un block para dibujar con hojas de 99 gramos apoyado sobre el borde de la mesa, formaba un ángulo de 45 grados, para evitar la deformación de la imagen trazada.

Sobre el escritorio de ella al centro del salón, un cubo de madera para basuras boca abajo; sobre él, una botella de vino desocupada y junto a ésa, una copa de vidrio labrado.

Yo miraba en su dirección. Apoyada contra el medio muro junto a las ventanas. Su pelo largo negro, llevaba oro por el contorno. Sus pechos se hacían de un trazo firme. Su bajo vientre por causa del vestido, dejaba ver solo la primera gordurita superior bajo el cinturón. Observaba a cada uno trabajar en silencio.

«Putas que está rica —pienso mientras dibujo».

Parecía algo prohibido por nuestros roles. También la cuestión de edades. Pero era una mujer con sus atributos, más allá de una mina rica.

Una noche a mi cuarto, entró desnuda deslizándose en mi cama.

«Me despierto mientras me froto contra las sábana y el colchón. Toco la dureza más rígida que he tenido hasta hoy. Es un palo tieso. No me masturbo. Mañana tengo clase de arte —me vuelvo a dormir».

Cada día que la pude observar, me fue pareciendo más atractiva con sus todos y quince años que me llevaba por delante.

«Va sola. La voy a alcanzar. ¿Qué le digo?».

Los dos íbamos hasta la parada del autobús. Los dos continuamos caminando. Ninguno dimos seña en querer detenerse. En cortar la compañía.

Por otro recoveco de las calles, hallamos un taxi. Lo abordamos y nos fuimos.

«Estás duro. Tú mojada. Vente. Entro con la misma dureza de anoche, quizás más. ¿Nos haremos amantes?».

Recuerdo haber pasado ese año y las vacaciones del verano siguiente, junto a esa mujer. Hoy a mis años sigue estando en mi. Estoy casado. Amo a mi mujer. Es mi mejor amiga. También nos perseguimos desnudos. A ella, aún la oigo reír. También la veo correr desnuda por la sala del living en su apartamento. Nos montábamos por ratos, uno sobre el otro y gozábamos de aquello.

Toda mi vida he sido un conversador. Sí, hablar de todo, de política, de religión, mujeres. Mis amigas me hablan de sus hombres, maridos y amantes, si los hay. Arreglamos el mundo. Hoy por zoom hablamos de pandemia y extrañamos el tocarnos. Nos mostramos una copa de vino o una botella de cerveza. Si es el momento, una taza de té.

«Entre copas veo a la divorciada. Está sola en la cocina mientras todos andamos por ahí bebiendo, riendo, platicando. Nos juntamos en casa de alguien. La abordo junto a la hornilla. Ahora follamos en mi auto, lejos de los otros, tranquilos, el placer de meterse dentro del otro, de estar con otro».

Los 35 años entre ella y yo, no pudieron apaciguar el deseo. A ella, posiblemente, la arrastró la soledad; a mí, el gusto de sus carnes blandas entre mis dedos. Su boca. Sus pezones oscuros. Su cara cuando se excitaba.

Después con los días, los meses, seguimos viéndonos. Conversábamos, fumábamos del mismo cigarrillo. Siempre con lápiz labial en el filtro. Todas las semanas nos regalamos nuestro tiempo. Hasta el día en que volvió a hallar a un compañero.

Recuerdo a mis once años jugar con mis hermanos. Adivinábamos las marcas y el modelo de los vehículos, mientras íbamos en el asiento trasero del Chevrolet de nuestro padre.

Veníamos haciendo lo mismo por años.

El automóvil del viejo, era de 1958 y se mezclaba con uno y otro nuevo, esos de los 70s.

«¡Un Peugeot! Te gané. Mentira. Es un Opel».

Podían pasar los años, de hecho pasaban y las marcas con sus modelos seguían ahí para reconocerlos.

Si solo fuera la nostalgia, estaría sin preguntas.

Nos gustaba relacionarnos, conversar, jugar, amarnos y en mi caso, saltarme algunas restricciones de las edades sociales.

Ahora miro a estos nuevos jóvenes y parecieran no tener interés siquiera en masturbarse. Hasta creo que han perdido ese músculo del reiterado placer manual.

Hoy para uno de 15 años, otro de 25, es un viejo y carece de toda belleza o no belleza. No existe. Solo está presente el asexuado, el no táctil, el sin temperatura dentro de una pequeña pantalla y que por lo habitual, es él mismo.

Tic Tok. 3 segundos. Un minuto. No más.

Pasan fotos. Son estáticas. Ahora un video. De nada.

Ya no conversan. No leen. No se tocan.

«Tienes unas tetas hermosas. Chúpamela. Que rico pezón. Muérdelo chiquito».

Los pantalones pitudos a los tobillos y la tela del culo, cuelga abajo. Pechos planos, parecen decir, Nada que tocar. Que chupar. Que mirar. No hay.

Otros luchan en las rarezas. Buscan ser más raros. Y cuanto más batallan por ser diferentes, más reclaman porque los acepten. Y cuando parecieran estar siendo aceptados, ellos miran mal a esos otros.

Grupos amurallados. ellAs. ellOs. @. X. L. B. G. T. Q. X. 2+

Si viera a mi profesora de arte, hoy tengo 60 años por cumplir; volvería a hacerle el mejor sexo que pueda a mis años. Fumarme un pucho mirando su pubis. Supongo ya más ralo. Canoso a sus 75. Y si no me diera para la mitad de la pasión de aquellos años, conversar, hablar de política, la vida, el cine, de los libros leídos, los museos visitados. La carrera de arte que seguí. Qué hace jubilada.

Los dos tenemos una historia en común. Nos relacionamos. Nos quisimos. Compartimos. Y estoy seguro, hoy nos recordamos.

Una historia en común.

No un móvil y una cuenta Tik Tok.

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