• Dario Navia Pohl / Daro Pohl

Un pez tatuado en la nalga


Podría haber seguido durmiendo de no ser por el reloj que me recordó que eran pasadas las diez y que junto a mí, tengo una morena que en mi cabeza abombada no logro adivinar qué promesa le habré hecho para que esté ahí.

Le miro sus pechos jóvenes desnudos y descubro que están bien puestos, más de lo normal acostumbrado; la cadera corre bajando por el terso glúteo hacia la angosta cintura; todo brilla en esa piel oscura.

La oigo quejarse cuando se vuelve a acomodar; el pez tatuado en su otra nalga me mira al darse cuenta que ha sido descubierto.  Se acomodar otra vez introduciendo sus brazos bajo la almohada, su rostro indica hacia un costado mientras su crespa cabellera cubre el resto de la funda.

A estas alturas aún no encuentro respuesta a su visita.

Descansa sobre el vientre.  Retiro otro poco la sábana disfrutando su cuerpo; una pierna flectada y la otra completamente estirada, entre ellas…  ¿Cómo llegó hasta acá? Me pregunto y cuando decido averiguarlo oigo su voz.

—Hola guapo.

Despertó antes de que pudiera volver a su lado y coger su brazo.

—¿Tú y yo…?  —desnudo parado a los pies de la cama le pregunto confundido; preocupado, más bien receloso.

—No te preocupes  —me responde con una voz gruesa.  —Estabas muy borracho.

—Pasó algo entre…  —muevo el dedo apuntando por tiempo hacia uno y el otro, buscando seguridad.

—Nada  —insiste.  —Pero si quieres…

No he terminado mi interrogatorio cuando noto que la tiene dura, parada y pareciera mirarme igual que el pez en su nalga.  Aun lleva las tetas más lindas que he visto en años. La botella con ron sigue sobre el velador.


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