• Dario Navia Pohl

Zapatos de mujer


Zapatos, uno junto al otro sin aun haber sido usados. Estaban iluminados por focos espaciales y distintos a los que alumbran los pasillos, una luz más cálida sobre ellos. Había unos completamente cerrados, de esos que lo ocultan todo, desde los dedos hasta el tobillo. Me quedé mirando unas chalas de un amarillo ocre, sin estridencia, algo así como el color de la mostaza. Luego pensé en un pie de mujer, más bien huesudo, delgado pero bien formado, con esa protuberancia ósea que se forma en la articulación de la base del dedo gordo y que a la mujeres les causa más de una molestia, pero que a mí me los hace parecer más bellos. Al pie lo veo calzado dentro de la chala amarilla, lleva las uñas pintadas, mi mente dice que lo están, no lo puedo asegurar pero están pintadas y el pie está dentro del calzado y su desnudez vista a través de los espacios me lleva a pensar en una mujer negra, delgada, esbelta. Veo que me sonríe y luego se mira el pie y lo retira con lentitud. Una vez descalzo lo apoya sólo con la punta de los dedos sobre la alfombra, ¿pedirá otro modelo? Vuelvo la vista sobre los que continúan bajo la luz, pero regreso en la idea de ese pie de mujer. La sandalia amarilla mostaza sigue donde mismo. Mi mente me dibuja una vez más a la mujer; lleva el cabello corto, es rizado, lo mantiene muy junto a la cabeza.

Miro el reflejo de mis zapatos en un espejo, sólo mis pies y los veo solitarios. Cargaba con una bolsa, dentro de ella unos pantalones de Cotelé, unas camisas, eso fue cuando me detuve frente a la zapatería de mujeres sin saber por qué. Cada vez que miraba los del color ya descrito, ella asomaba a mi pensamiento. Ésta vez pude sentir su aroma, oír su sonrisa. Me pareció ridículo pensar en que haríamos el amor, eran sólo un par de zapatos, además eran de verano cuando afuera llovía, a no ser que hubiera escampado después de que entré en la tienda. De igual forma estaban fuera de temporada, como fuera de lógica mi pensamiento.

Dejé la bolsa en el suelo, una mujer se me acercó preguntando si necesitaba ayuda. Me hubiera gustado decirle que sí, ¿pero sobre qué? Que buscaba un pie para el calzado y se lo describiría esperando por su ayuda. Respondí que no. Gracias. Que no hacía falta.

Me vi obligado a recoger la bolsa y caminar por el pasadizo; me detuve dos veces, me di la vuelta y miré en la dirección del departamento que acababa de dejar atrás. No fui capaz de regresar, más bien no tuve el atrevimiento pensando en que la mujer seguiría ahí.

Pasé por los perfumes; volví a sentir el aroma a sus pies y miré atrás. Sonreí ante mi estupidez y continué mientras movía la cabeza. Levanté la vista y la pude ver. ¡Imposible! Me dije, y sentí dar un brinco.

Iniciaba el día con flojera, estaba nublado, había llovido toda la noche y continuaba. Cuando fui a la cocina a preparar té, el ambiente se sentía húmedo. Sobre el pijamas llevaba mi nueva bata e igual podía sentir el tiempo en los huesos. Como la mayoría de los días al comienzo, tomé la dirección de mi oficina; la computadora aun dormía, suelo no apagarla, sólo la desconecto del internet. Apunté la clave de acceso apareciendo el escritorio con su foto, una gota semi-sólida de resina colgando de una rama de árbol. Lo primero que hice fue activar la conexión a la red, después abrí Safari para ir directo al sitio de eBay. El celular me había avisado que tenía un par de ofertas sobre lo que vendo. Aun faltaban cinco horas para que concluyera la venta y ofertas. Pensé que alguien podría incrementar el valor y obtener al final algo más por el producto que ofrecía.

Cambié el escritorio de pantalla para abrir el programa Scrivener, una vez expuesto volví sobre la novela que escribo, la había dejado a medio camino de un capítulo la noche anterior. Si me visitan en mi casa temprano, lo más probable es que me encuentren escribiendo, como lo estaba haciendo, es mi hora más productiva. Escribía acerca de una mujer; había comenzado la historia hacía unos días y aún seguía preguntándome hacia dónde iba. No tenía la menor idea pero iba avanzando en contar y careciendo de un final.

Decidí salir. Cuando llegué a la super tienda eran pasadas de las tres, había ocupado gran parte de la mañana escribiendo y andaba de compras cuando me topé con los zapatos, el pie, los aromas, todo un juego en mi imaginación. Era mi tercera o cuarta vuelta por el mismo pasillo, las dos primeras me detuve a mirarlos, luego la encargada quiso darme su ayuda de vendedora, entonces me fui. Las otras dos veces pasé, sólo pasé sin detenerme. Desde la distancia quise tomarles una foto con el celular. Comenzó ha hacérseme imposible desde donde estaba, la pequeña cámara no enfocaba bien en la distancia y no tenía pensado volver hasta ellos para hacerlo. Luego me di cuenta que otra vendedora me había estado observando desde atrás de unos vestidos y no la había notado hasta que me habló.

—¿Te interesan los zapatos amarillos?

No supe que decir. Qué responder cuando parecía venir en mi ayuda y yo sintiendo no necesitarla.

—He hecho lo mismo. Los tengo acá, en mi celular. Bueno, en una foto.

Procedió a mostrármela. Efectivamente eran los mismos zapatos. Me pareció extraño, definitivamente raro. Sólo sonreí, seguía sin saber que hacer o decir. De pronto sentí la imperiosa necesidad de besarla. No lo hice. Vestía unos jeans a la moda, de esos que no se sabe qué pasará cuando los ponga en la lavadora, si saldrán hechos hilachas o es que nunca serán lavados. Estaba llenos de hoyos, en los muslos tenía tres cortes horizontales, otros sobre las rodillas y dos más abajo. Llegué a mirar sus pies y nuevamente quise con insistencia besarla en la boca. Era alta, yo tengo uno y setenta y tres o como dicen acá, five eight, cinco pies ocho pulgadas. Ella ha de haber tenido five nine, posiblemente diez. Llevaba el pelo corto, muy corto, pegado al cráneo y sus labios eran gruesos. Se veía esbelta, proporcionada. Seguía con deseos de besarla, pero, ¿cómo hacerlo? No la conocía, sólo me había ofrecido su ayuda y haberme ensañado una fotografía en su celular de los mismos zapatos que me habían movido hasta acá. Desistí de mi ridículo impulso, no se puede andar queriendo besar por ahí como si fuera nada, no está bien. Seguro que si lo hacía ella llamaría a seguridad, luego llegaría la policía para meterme en uno de sus vehículos.

Me negué en volver a mirar hacia sus pies, si los veía una vez más, seguro me abalanzaba sobre ella y la besaba.

—¿Te gustan esos zapatos?

Preguntó escondida tras una bella sonrisa.

—A mi me encantan. Tienen algo con mis pies que no sé explicar.

Como ya lo escribí, si le miraba una vez más los pies, estaría metiéndome en problemas, pero lo hice, los volví a mirar y esta vez no pude contenerme, me aproxime a ella.

Un salto me hizo despertar. Necesitaba ir al baño a orinar. Eran las tres y veinte de la madrugada y estaba que me reventaba. En el baño tuve que aguantar, la dureza que tenía de la erección nocturna me imposibilitaba soltar la urgencia. Me senté en la taza queriendo evitar hacerlo afuera y de igual forma tuve que esperar, pese a lo helado del inodoro. A los minutos pude regresar a la cama y comencé a recordar el sueño. Sonreí, me di la vuelta y conseguí volverme a dormir. Esta vez no soñé, sólo dormí hasta la mañana siguiente.

El día fue igual que siempre. Junto a mi segunda taza de té, la primera la había acompañado con unas tostadas, me fui por mi oficina. Ya saben qué hago ahí. Llevaba en un platillo dos galletas de avena con pasas, lo acomodé a un costado del teclado, del lado izquierdo, del derecho mantengo el ratón, pese a ser zurdo lo manejo con la derecha. En la computadora abrí el email, luego de marcar todos los recibidos fueron a parar directamente a la papelera, sin excepción. No recordaba cuando había sido la última vez en que recibí un “emilio” de algún amigo, de esos que se abren con gusto. El correo electrónico se ha convertido en como han terminado las cartas en papel, un montón de publicidad llegando. Ahora todo es texto de consonantes. Quienes los envían ¿sentirán perder menos tiempo al no tener que escribir la palabra completa? Pensé que el asunto era un problema de jóvenes, el no poder dejar el celular, las siglas, el olvido. Viejos culiados y más viejas que viejos, no pueden vivir sin él, como si los hubieran traído en su generación. Me fui. Aun tomaba mi segunda taza de té cuando cerré el correo electrónico e hice el teclado a un lado, en su sitio acomodé la máquina de escribir, metí una hoja en el rodillo y me dispuse a mi tarea. Vi que la pantalla del celular parpadeaba, puse el dedo sobre el candado y aparecieron los nueve puntos para dibujar el patrón de acceso. No, no tengo registrada mi huella digital, es un fastidio. Desbloquee la pantalla y ahí estaba, tenía un texto, lo supe porque sobre el ícono azul había una pelotilla celeste en un extremo. Apreté con el índice y se desplegó, era de Juan y decía: WayD.

¿Guay De? ¡Te vas a la puta! Qué mierda sé yo de qué huevada escribe. Lo llamé. No respondió.

Hice la máquina a un lado y me puse a escribir mi sueño en un cuaderno nuevo. Volví a mirar en la memoria las chalas amarillo mostaza. Recordé sus labios, volví a ver sus pantalones, hasta que llegué a sus pies. Pensé en una amiga y se me quiso venir otra erección. Me prometí ir a visitarla. Primero la llamaría, le diría que pasaría por ella y que podríamos ir de mall y mirar zapatos. Sé que eso tiene un efecto sexual en ella.

Cuando volví a mirar la hora ya era tarde, siempre me sucede, escribo y me despreocupo del tiempo. Sé que debo haber hecho un alto para comer porque no sentía hambre y ya comenzaba a oscurecer. Llamar a la Bernanrdita decidí dejarlo para otro día.

Tras pasar media hora, decidí ir al mall. Cerré el cuaderno, le puse la tapa a la lapicera y me marché. Primero pensé en usar la bicicleta, era muy tarde, me fui en auto. Eso lamentaba de la cuidad, el carecer de un servicio de transporte público adecuado, gracias a ello he perdido gran parte de mi capacidad de lector. Hasta antes de inmigrar y que fue por razones de trabajo solamente, me definía como un lector de transporte público, bus, metro, subte, guagua, “L”, sentarme y dejar que me llevaran junto a las hojas. Ahora tendría que conducir, lo mismo que venía haciendo por años.

Cuando llegué al parqueadero de las super tiendas, vino la búsqueda de un espacio, había olvidado que era viernes, el cine, los restaurantes, lo tenían todo tomado. Encontré uno cuando estaba a punto de desistir. Al entrar fui directo hasta la tienda y subí al segundo piso, necesitaba ver los zapatos, si es que existían. La zapatería femenina estaba justo enfrentando la escalera mecánica. Comencé a recorrer el pasillo que corre frente a la sección, lo hacía descuidadamente, sin prestar o querer llamar la atención. Luego de mi primer reconocimiento, tras no haber visto nada parecido a lo que mi memoria retenía, pensé que era absolutamente estúpido, además de haberme perdido a la Beña, cuando a los dos nos gusta como nos cogemos. Decidí llamarla, siempre vale más tarde que nunca. Aunque todas las veces que la llamo de último minuto nunca puede, siempre está comprometida en algo o a punto de. Ésta vez no fue la excepción. Contestó mi llamada a su celular, dijo no poder, había quedado con la no sé cuanto y otra más. Irían de Sushi bar, que si quería la podía alcanzar allá. Sabía que no lo haría, me desagrada el pescado crudo. Me quedé en la tienda dando vueltas, sólo dejar pasar la hora sin hacer, sólo bobear. No llevaba ningún plan. Era la tercera pasada que hacía subconscientemente buscando los zapatos, los pude ver, estaban donde mismo recordaba haberlos visto. Un foco con una luz más cálida los alumbraba. Me pareció tonto estar haciendo aquello. ¿Qué podría encontrar en ellos?

—¿Te gustan?

La voz a mi espalda y creí estarla imaginando. Luego insistió tocándome al mismo tiempo sobre el hombro. No la describiré, ya lo hice. Era la misma mujer y también me parecía imposible que lo fuera. Miré abajo, a sus pies y llevaba puesto unos botines apropiados a la época del año, no sé que pensé encontrar. Los jeans iguales; el cabello corto y ahora podía ver el color de su piel, era negra. Más seguro que se trataba de ella, sólo que ahora la podía ver en colores. No sentí el impulso de besarla, tampoco quise cogérmela, sólo me parecía graciosa toda la relación de sucesos inexplicables. Me fui sin decir nada.

Pasé otras ocho horas de dormir y el sueño se repitió, los mismos zapatos, la misma mujer y esta vez no desperté, seguí pasando las imágenes desde donde había quedado.

—¿Me los compras?

Preguntó luego de enseñarme la fotografía en su teléfono. Pensé en por qué no hacerlo; ella me gustaba y esos zapatos nos habían acercado. Esa noche cuando terminó en su trabajo, me llevó a su casa. Le había regalado los zapatos. Fuimos en su auto porque yo había ido en bicicleta; la pusimos en el maletero, sólo fue necesario retirarle la rueda delantera.

Desperté por la mañana, tenía un sabor amargo diferente, agrio; los dientes me dolían. Nunca supe cual fue el final y no me atreví a regresar por el mall. Esa tarde me junté con la Bernardita, estuvimos follando desde las dos y ya eran las seis y nos preparábamos para hacerlo una vez más, hasta que me dijo que debía irme, el trato era no pasar nunca la noche juntos. Siempre lo hacíamos durante las horas del día.

A las dos semanas sentí la curiosidad por volver a la tienda y probar si la encontraba. Esta vez había ido en el auto, posiblemente queriendo escapar del sueño y sus reglas de Déjà vu. Subí al segundo piso donde se encuentran los departamentos para mujeres, la encontré donde mismo estaba la vez anterior, entre la ropa de tallas pequeñas. Me miró y sonrió de inmediato. Supe que me había reconocido.

—Has vuelto.

No respondí, sólo la miré. Llevaba los mismos jeans con hoyos o eran otros iguales. Pasamos juntos por la zapatería donde compré los zapatos para ella. La tienda pronto cerraría, quedamos en que la esperaría en el parqueo; me dio las indicaciones de dónde había dejado su vehículo, entonces moví el mío hasta allá. A los veinte minutos la vi venir. Abrí el compartimento para guardar que hay del lado del acompañante, me cercioré que tenía todo cuanto necesitaría. Saqué un cigarrillo, me bajé del auto para aguardarla y preguntarle qué le gustaría hacer. Yo había pensado que podríamos ir a cenar y luego la llevaría a su casa, insistió en que no quería ir a cenar y que prefería fuéramos a mi casa. No me opuse, aunque cambiaba todos mis planes.

Le di arranque al automóvil y aguardé a que se pusiera tras de mi, así podría seguirme como habíamos acordado. Pensé en que por la noche de hoy la gozaría, íbamos a mi departamento.

Al entrar me besó y luego de eso, preguntó si tenía una copa a que invitarla. Inquirí si tenía algo especial en mente para beber, me respondió que no, que una copa de vino rojo o algún licor estaría perfecto. Abrí una botella de vino que mantenía guardada para una ocasión especial y ésta parecía serla; se la alcancé, brindamos y fue a calzarse los nuevos zapatos que aun estaban dentro de la bolsa de la tienda. Una vez que terminó de ponérselos le miré los pies y de la misma forma en que sucediera en mi sueño, se me vino la erección y los deseos de besarla. Ella notó la dureza bajo el pantalón, se aproximó y comenzó a frotarme por sobre la tela. Cada vez la oía respirar más agitadamente e iba provocando lo mismo en mí con sus caricias. Sabía que no podría escaparse de mis manos y que ella tampoco daba señas de quererlo hacer. Me empujó forzándome a caer sobre el sofá que estaba en la sala. Desabrochó la bragueta de mi pantalón y una vez que lo tuvo en sus manos acercó sus labios y comenzó a chupármelo. Primero lo hizo con delicadeza, pasaba su lengua por sobre mi glande terso, brillante y endurecido, queriendo estallar. Luego siguió con insistencia y a cada succión lo hacía con más fuerza y más larga, era como si quisiera arrancarme el miembro estirándolo con la fuerza de sus labios, hasta que me lo soltaba para volver a acomodar su cavidad y los labios iniciando la siguiente parte de la felación. Tras unos minutos de tan intensos, se me vino una eyaculación larga y profunda y ella siguió chupando sin detenerse, hasta que llegué a sentir una punzada extraña bajo el escroto, al punto que tuve que quitarle el pene desde el interior de su boca. Se puso de pie quitándose los jeans y los calzones, se ensalivó los dedos y separó sus labios vaginales, comprendí que era mi turno de hacer antes de algo más. Se tendió en el suelo sobre la alfombra, entonces comencé a chuparla. Cada vez que pasaba mi lengua por sobre su vulva separaba más sus piernas, y apretaba con más fuerza mi cabeza contra su perfumado coño. Podía oír sus suspiros entrecortados hasta que se le vino uno largo aguantado, tras lo cual abrió más su sexo abriendo más las piernas. Casi podía sentir que tenía toda mi cara dentro de su vagina, rodeado de esos labios carnudos y oscuros, negros aproximándose a un morado café intenso. A otra pasada de mi lengua, más jugosa se venía. No dejaba que me retirara, por momentos sentí dificultad para respirar y ella volvía a levantar las caderas para quedar más entregada. Nuevamente inició el camino de las respiraciones cortas, como hipos consecutivos pero sin el sonoro ruido. Su zona púbica era extensamente poblada, cerrada en pelos rizados y muy oscuros; sudaba profusamente y con un aroma dulce mezclado con Rosemary. Volvió a quedarse atrapada en un suspiro más largo, supe que se estaba corriendo una vez más y no paré en seguir chupando sobre su clítoris que estaba endurecido. Cuando me enderecé vi que tenía su cuerpo todo sudado. En lo que más fijé mi atención fueron sus oscuros y largos pezones, los tenía erguidos como dos lápices de madera bien usados y que ya sólo les quedan unos centímetros de largo, pero del mismo grosor o quien sabe si un poco más. No subí hasta ellos, seguía pasando mi lengua por entre sus piernas. Vi que tenía las chalas que le había comprado en sus manos. Por un momento dejó una y de la otra estiró los cables que usó para atarla al rededor de su pierna. La vi enderezarse y me hizo la indicación de que siguiera metido ahí; luego comenzó a ponerse de pie y yo de rodillas; de su vagina cayeron unas gotas a mi cara antes de que enrollara los cables en mi cuello. Comencé a sentir la estrangulación. No sé cómo llegué a estar de rodillas y con mis manos apoyadas contra la alfombra; sentí el peso y el empujar de su rodilla en mi espalda; la fuerza hecha con los cables no cesaba y me debo haber desmayado.

Bernardita fue quien me encontró y dio aviso a emergencia médica y a la policía.

Todo sigue en mi cabeza, lo puedo ver una y otra vez. Cuando sucede la excitación regresa. No comprendo cómo es posible.

Después de los dos años que han pasado, puedo decir que ésta es mi primera declaración de lo ocurrido. Mi mundo desde esa noche es oscuro, silencioso y sin ruidos. He tenido que aprender nuevamente mi oficio de escritor y esto que he escrito, pasará a ser sólo otro cuento de ficción.

Puedo escribir su descripción, pero no puedo decir que es ella.

En cualquier momento entrará Bernardita, ella se ha hecho cargo de mí. Me besará en la mejilla y acariciará mi mano como lo hace todos los días. Nunca más la podré oír cuando llega.

Sentí su mano puesta sobre la mía, me inquietó; luego comenzó a chupármelo con insistente profundidad. El aroma estaba nuevamente aquí, dulzón acompañado con Rosemary, lo pude sentir cuando me guió hacia la alfombra. Comencé a deslizar mi mano junto a mi y di con un pie dentro de un zapato abierto, tibio y sudado. Una vez más comenzó a chupar y supe que era ella. Había regresado.

Bernadita ese día llegó tarde.



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