miércoles, 23 de noviembre de 2022

Si fuéramos como un libro

 

Mientras el tiempo fue éso, era de todos; lo único que había por hacer era vivir. Luego con el paso se inventaron los días, los años y los siglos, las horas de estar vivo se hicieron inciertas y cuando fueron asomando las ayudas nacieron las esperanzas y con ellas, se formaron otros tiempos, entonces la incertidumbre recobró vida.
Con el paso del tiempo el año dejó de tener todos sus días de año, comenzaron a dividirlo en día para esto o lo otro y como se fueron acabando las razones para un día, se pusieron a fabricar otras, entonces llegaron las preferencias y las esparcieron en algún día libre que iba quedando y cada vez que ha hecho falta individualizar otro día y no hallan un motivo, inventan una guerra.
—Pero. ¿Qué podemos hacer? —preguntó una.
—¿Nosotras? Solo somos hojas —respondió la otra.
—¿Hojas de árboles?
—Hojas donde escriben la historia.
—¿Y la esperanza?
—Bueno, ahora que lo pienso, podríamos ser un libro y que no nos suceda lo que al año; donde cada hoja entregue sus palabras, su parte en toda la historia. Donde una sin las otras, somos solo una hoja y una hoja sola, solo es útil para avivar un fuego.



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domingo, 30 de octubre de 2022

Aprendí a quererme (Entre canciones, faldas y engaños)

 


 Mi marido me ha dicho que soy una puta. Después de eso, me ha dado una zurra que me dejó con un brazo tieso salido de hospital y como si no fuera suficiente, ahora se quiere divorciar.
Por mí, va bien.
Yo no lo he roto ningún brazo cuando lo pillé con la vecina. Tampoco le dije que era un puto cuando fue al doctor, por la venérea que se había cogido quién sabe dónde.
 
 
Me he guardado lo del divorcio, porque quería pensármelo un poco.
Saco mis cuentas:
Primero, no nací casada. Divorciada, me viene bien estar tranquila. Segundo, con quien no alcancé a salir, ahora lo podré hacer.
¿Los chicos? Mejor que crezcan sin verme como un parque en demolición o los cambios de colores en mi piel.
¿El dinero? ¡Eso sí! Se divorcia de mí, no de sus hijos. Yo para mí, buscaré un empleo.
Entendí que para ser puta, es necesario un puto. Que si él lo pasa bien, es macho. Yo, soy puta.
Bueno, esta mujer comenzó a quererse y ya no me creo el cuento de las putas y tampoco acepto lo de las palizas. La cama con su anchura se me hace cómoda.
Ayer me ha llamado al móvil:
—Alo ¿Verito?
—¿Qué quieres?
—Quería ver si puedo pasarme por la casa. Tú sabes…, el tiempo juntos, los chicos y que siempre te he querido.
—Puedes venir a verlos cuando quieras. De acá no se han movido.
—Pero…
El silencio se hizo largo y lo deje que se hiciera más largo.
—¿Sigues ahí?
—¿Has escuchado el tono de cortar?
—Te decía…, nosotros…
—¿Qué quieres, Manuel?
—Volver. Eso sí tú quisieras…
—No puedes hacerlo. Te seré sincera. Desde que te has marchado, el día que me llamaste puta…
—Disculpa, es que estaba molesto.
—¿Y el brazo? Lo tuve en cabestrillo por dos meses.
—Es que se me paso la mano, pero…
—Te digo. No puedes volver, tengo empleo, incluso hoy salgo a divertirme sin que nadie me llame puta y aún más, me di cuenta que tengo una vida propia, que no te la había vendido y que el único proxeneta de no hacer nada en casa eras tú.
Manuel quiso oír el tono de cortar, cortar él, era incapaz.
—Primero —siguió Verónica, —sacando mis cuentas estoy bien, soy feliz…


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martes, 27 de septiembre de 2022

El préstamo

 


—No. No. Ni siquiera lo pienses.
—Puta compadre. Sólo hasta fin de mes. Para el pago te los devuelvo. Sólo necesito cinco lucas.
—Lo mismo dijiste el mes pasado y aquí estoy esperando a que me pagues. Olvídalo. Me voy, tengo que comenzar mi turno de noche.
Ya afuera miro el reloj, ocho y media. Chucha que está oscuro y helado, me recuerdo cuando recién ha pasado media hora de iniciado el servicio.
—«hasta mañana para terminar a las ocho» —pienso.
Dos cuadras adelante unos borrachos, seguimos. No olvido volver a mirar el reloj, las diez veinticinco.
—¿Tienen hambre? —Pregunto al Detective sentado atrás y al conductor a mi lado.
Nos salimos del área de patrullaje rumbo a la Avenida La Feria con Carlos Valdovinos.
Tres hamburguesas y seis empanadas de queso he pedido. En el auto el conductor pregunta cuánto me debe.
—Nada. Yo invito.
Luego de comer, regresamos al área asignada.
Las doce. El reloj hace su lento recorrido.
—¿Un cigarrillo? —pregunto. —¡Detective! ¿Fuma? —Insisto. Parece dormir. Da un salto, se inclina hacia adelante, coge uno.
—Oiga jefe. Sé que no es asunto mío —comienza diciendo el conductor.
—¿Qué pasa, Aguilar?
—El detective Rojas está bien cagado. Digo económicamente.
—Él se las busca. Le gusta la vida fácil.
No más comentarios.
—Para en la esquina —le ordeno a quien conduce.
—¿Dónde las putitas? —pregunta Aguilar.
—¿Dónde más va a ser? Ahí mismo.
Hay cinco paradas en la esquina. Ninguna intenta correr, me conocen. A mí me interesa una, le dicen La Negra.
—Hola. ¿Cómo estás? —me pregunta ella.
—Dándole. Luchando con la noche y el frío.
Me bajo y estiro las piernas.
—¿Cómo va el negocio? —Pregunto
—No está mal. Para ser… —me toma la mano, mira la esfera de mi reloj y pregunta:
—¿Qué hora es?
Enciendo la pantalla y miro. La una diez, le respondo.
Del otro lado el Detective y el conductor, se están entendiendo con otras de las muñecas. Vargas luego sube al auto acompañado; el vehículo comienza a bambolearse. Afuera se oyen los quejidos del goce. El conductor con La Chica Rosa lo hacen de pie, apoyados contra una de las puertas. No sé quienes o si todos se quejan, pero igual me excito.
—Negra. ¿Tiramos un polvo?
Ella misma me abre el pantalón, la toma y le corre el forro hacia atrás. Luego levanta una pierna y se lo introduce.
—Me gusta tu cosa —lo dice mirándome de frente con los ojos vidriosos.
—¿Por qué? —me aventuro a preguntar.
—Es tiesa y dura —se queja y aprieta.
—Me estoy corriendo —dice. Luego la siento mojada y la sigo.
De vuelta al patrullero y listos a continuar con la ronda.
—Muévete —le digo al chofer.
—Jefe —me detiene. —La Negra lo está llamando.
—Espera —le digo. A mi orden detiene el automóvil.
—Ya vuelvo —les dejo saber y camino hasta donde está.
—¿Qué pasa?
—¿Me prestas cinco lucas?
Miro mi billetera; llevo un billete de diez mil y dos de mil.
—Sólo cinco —insiste cuando le paso los diez.
—Quédatelos. Está bien.
Terminé el servicio y el mes siguió con su mismo curso.  Dentro de él, era Junio, vendí dos vehículos. Sí, tengo un trabajo extra, vendo y compro autos usados. A mis colegas después de recibir su sueldo mensual, también les presto dinero. Lo hago al 7% de interés; no me gusta abusar, pero tampoco es gratis.
Rojas insistió en que le prestara dinero.
—Cuando me pagues lo del mes antepasado y el anterior —le respondí.
Oscurece, ya pronto darán las ocho y delante otro turno de noche me espera. Me toca el mismo grupo: tripulante al detective Vargas, conductor Aguilar.
Las doce daban cuando volví a pensar en La Negra. Pasaba tiempo de no verla.
—Aguilar. Tuerce donde La Negra.
—Jefe. ¿Vamos por un polvo?
Sonrío, miro a Vargas. El joven en el asiento trasero ya está preparado, se soba las manos, me mira y también sonríe.
Esta noche es Aguilar a quien le toca dentro del auto.  Vargas se ha ido a un rincón oscuro. ¿A mí? A mí me gusta agarrarme a La Negra de pie; una paraguaya como se dice. Se llama Isabel, ella se llama Isabel. Me lo dijo cuando la conocí. Ya de eso van como cinco años.
—Sigue —me mira fijo a los ojos. —¡Por Dios! Que la tienes dura. ¡Sigue!
Yo no quiero detenerme. Ella lo sabe. Mira hacia abajo y la imito. Estamos en una guerra de bandos; los dos nos tomamos un descanso tras corrernos.
—¿Cuándo te vuelvo a ver? —Pregunta.
—En dos semanas más estoy nuevamente de servicio.
Me besa y regresamos a nuestro territorio, ella de puta, yo de poli.
—Jefe.
—¿Y ahora qué te pasa?  —le pregunto al conductor.
—La Negra. La negra lo está llamando. Ésa parece que siempre queda con ganas —se ríe.
—No hueveés. Espera aquí, ya regreso.
—No se demore mucho en la segunda —insiste Aguilar queriendo bromear.
Camino los pocos metros que nos separan. Ella hace los propios.
—¿Qué hay? Isabelita.
—No le vayas a decir a nadie mi nombre. Ya sabes. Aquí están tus diez mil pesos. Gracias.
—No tienes que devolvérmelos. Son tuyos.
—Me gustas tú y tu cosa, no tu dinero —me dice. —Nos vemos en dos semanas.
Me deja un beso sobre los labios con sus dedos.

 

 

 Photo by pawel szvmanski on Unsplash

 

lunes, 26 de septiembre de 2022

Confesiones

 


Al comienzo opté sólo por mirar. Mirar sin decir nada.
Le di tiempo. Con paciencia, hice la espera a que llegara su confesión. No diré que siempre termino victorioso y obtengo lo que busco, pero en este caso…
No serán necesarias las explicaciones, ustedes al final, podrán juzgar.

Ya me había quitado la chaqueta. El revólver, guardado dentro de una gaveta y las esposas, aun colgaban de una de sus muñecas.
Tiene una mano sobre la mesa y la otra la mantiene abajo. Me observa y luego baja la vista. Me vuelve a mirar y ahora la sostiene desafiante. No lleva ropa puesta, no se lo he permitido. El cuarto está oscuro, menos sobre parte de la mesa y todo su cuerpo; el mío algo se ilumina. Sabe lo que vendrá, seguido de no confesar. Ninguno de los dos, a esas alturas, podrá hacer algo por evitarlo; entonces todo depende de su entrega, no de mí.
Esta vez estoy dispuesto en mi empeño, espero y miro. Aguardo a que se decida en decirlo. En ocasiones, me toma más tiempo; esperar hasta llegar al límite de la resistencia humana. En otras, no he podido mantener la calma y he terminado por abdicar, sabiendo qué vendrá después de eso. ¿Quieres saber? El cuerpo estará tendido y luego se arqueará. ¿Les dije que soy policía? Seguro ya lo han advertido por las esposas y lo del revólver.
Me paro, salgo del otro lado de la mesa, para situarme a su lado. Noto que tiembla, se percibe en su cuerpo, desnudo. Mientras más me acerco, más agitación veo en su piel; los pezones los tiene apretados y de un café que llega a ser casi negro. No es mi culpa, insiste en callar.
Levanta la vista buscando verme. Se oye el zumbido de la máquina conectada a la corriente. Suda. Su frente húmeda, es una delación, sobre el labio tiene pequeñas gotas. En el cuarto hace calor, todo está cerrado, no hay ventilación.
Le cojo la mano que mantiene sobre la mesa, lo hago por su muñeca; mira hacia abajo y veo que sonríe desafiante. Es tiempo me digo. Poso mi boca próxima a su oído, e insiste en provocar con silencio. No digo, no pregunto, sólo oye mi respiración caliente.
—¡No aguanto más! —termina por aceptar.
Se pone de pie y se sienta sobre la mesa. Deja el vibrador a un lado, los dos, podemos oír su zumbido sobre la cubierta golpeteando con velocidad. Me quita mi masturbador y se deja penetrar.
En mi oreja susurra, —Tú eres mi Inspector y yo, tu ladrona.

Me arranqué con María. (Entre canciones, faldas y engaños.)

 


Vivo exiliado por voluntad propia, ningún gobierno o enredo legal me han puesto fuera de mi terruño, lo hice yo mismo por huevadas de faldas y que ya ni quisiera recordar. Pero como dicen las malas lenguas, el hombre es un animal de costumbres y aunque yo no me he acostumbrado, aquí sigo, sentado en una terraza de madera mirando el mar. Hay veces que pienso en agarrar el kayak, echarlo al agua y comenzar a remar haciendo toda la orilla hasta estar de vuelta en casa.
¡Nada! Me dio calor.
Me pongo de pie y entro con dirección a la cocina, voy directo al refrigerador; saco una cerveza. A la pasada por el living y desde la biblioteca cojo uno de los discos de Silvio, sí ese, el mismo, Rodríguez, ¿quién más?. La verdad es que no sé por qué lo hice, siempre me pone melancólico el escucharlo, pero igual aprieto el botón del play.
¡Seré huevón! Cuando voy saliendo por la puerta, de regreso a la terraza, la canción me trae el recuerdo de María.
¿Cómo olvidarte? Cuando te veía poner la mano sobre tu cabeza por mantener atrapado ese sombrero que tanto te gustaba, aquel de la enorme ala. Solíamos bromear que con más viento, emprenderías el vuelo hasta perderte en el horizonte y me decías que eso era lo que deseabas hacer, perderte lejos de todo y conmigo.
Vuelvo al relajo de la silla y Silvio comienza a cantar:
"Tú, sentada en una silla…"
Te recuerdo por la playa cuando sobre una roca muy discreta, acomodaste la toalla y dejaste que te viera mientras te me ofrecías.
"Tú, desnuda y con sombrilla…"
No te habías quitado el sombrero alón cuando el viento te lo levantó del frente, pude ver tus ojos encendidos mientras el agua mojaba mis pies y mis manos sostenían tus piernas entregadas a la libertad del viento.
No sé que nos pasó y ahora me encuentro sentado en esta terraza mirando al mar.
Había olvidado por qué me vine y entre la cerveza y la canción, has vuelto a flote una vez más.
Habíamos hecho el viaje arrancando de Santiago y su calor. Ese mes de Enero de aquel año se hizo particularmente caluroso y por cosa rara, húmedo. No resistíamos más entre cemento y viajes de metro, que cuando vimos la oportunidad, nos largamos.
Al ir por ti ya estabas en la esquina con tu sombrero. Te metiste en el auto, tiramos tu bolso en el asiento de atrás y nos fuimos en busca de nuestra soledad. Ya había arrendado para los dos, una casita con vista al mar.
Al bajar las cosas, de tu bolso de mano asomó una novela. Creo que nunca llegaste a tener tiempo para su lectura y como llegó volvió.
Fue nuestra semana del matrimonio que no éramos y celebrábamos la libertad del riesgo encontrado entre los pasillos de la oficina. Tú dijiste que ibas con unas amigas, yo no necesité decir nada, solo cerré mi apartamento y dejé que el amor me hiciera olvidar la aventura y ese se depositó en mí.
Después vendría a saber que a ti, te movieron los cuarenta y dos cumplidos y a mí, el no entender a mis veintiocho. Fue cuando me vi derrotado en la trampa del amor.
Hoy te recuerdo escuchando a Silvio y tampoco dejo de escucharte mientras me hablabas de volver con tu familia, el marido, las hijas. Mis palabras y mis lágrimas, mejor que sigan siendo olvido.
Aún sigo sentado frente al mar. A lo lejos veo ir a una mujer con una sombrilla, sé que no eres tú porque irías con sombrero.




Preso por la memoria. (Entre canciones, faldas y engaños)

 

Me dieron mi primer beso, cuando jugaba a las escondidas con los amigos del barrio.
Al traerlo a la memoria desde la distancia del ayer, he olvidado quién besó a quien, pero me alegro que haya sido así. Le echo la culpa a ella y le habría dado las gracias toda mi vida, hasta ayer.
La noche siguiente a la que me besó, estuvimos mirando un festival de la canción; terminaba de actuar Serrat, un grande, cuando una de sus canciones se me abrazó a la piel como lo había hecho ella menos de veinticuatro horas atrás.
Nunca lo había sabido sino hasta ayer, cuando saltando por YouTube volví al Catalán; la memoria me las jugó con un solo click y los parlantes dejaron escapar: "Por que te quiero a ti". Se me estrujó el pecho.
A la mañana siguiente me propuse hallarte. He dado vueltas LinkedIn, el face, Twitter, incluso regresé a Instagram. Nada. Solté el móvil y me quedé con el sabor del recuerdo.
El Catalán me las ha jugado ya dos veces. La segunda cuando hoy vuelvo a YouTube y lo oigo cantar su "Caminante no hay camino". Esta vez no sacaba nada con ir a las redes sociales, lo que necesitaba era un boleto de avión y cubrir los diez mil kilómetros que un día dejé atrás, cuando en un ataque de celos te di muerte al enterarme que lo amabas y tenías la maleta junto a la puerta.
Del comienzo de ésta historia han pasado setenta años, con su desenlace que me parece fue solo ayer.
Sonó la alarma, pronto quedará todo a oscuras y sigo detrás de estos barrotes, los de mi memoria. Los otros ya los cumplí.

Gina, mi vecina. (Entre canciones, faldas y engaños)

 

Hoy no he tenido apuro por regresar a casa; necesitaba desahogarme sin prisas. Al final he decidido tirarlo fuera. Aquí les va.
Lo cierto es que vivo en un tercer piso.

Sabía que al entrar en él estaría solo y cenar sin la compañía de mi mujer, nunca me apeteció. Fue así desde que comenzamos a vivir juntos, antes, cuando lo hacía solo, estaba acostumbrado, hay que alimentarse me recordaba. Pero desde el año en que se mudó conmigo y cada vez que no estaba por la noche; Matilde es matrona, siempre demostró gran entrega por atender a sus pacientes, entonces hubo noches, como aquella, en que le tocó turno. Se la pasaba en el hospital desde las ocho de la noche hasta las seis de la mañana del día siguiente y por la mañana cuando estaba listo a salir rumbo a mi trabajo, la veía venir cargando con el agotamiento de su misión cumplida. En ésas oportunidades, hubo veces que nos cruzamos en las escaleras, otras, cuando estaba intentando insertar la llave en la cerradura y en el mismo momento en que yo desde dentro abría para salir. Mi pobre Mati, me decía, agotada y siempre con su rostro lleno de felicidad, como si hubiera vuelto a nacer.
Ayer antes de irme por la mañana, me dejó saber que por la noche reemplazaría a una colega, entonces no he tenido prisa en regresar.
A media tarde recordé aquello y me puse a pensar qué hacer. Con Gina mi vecina somos bien amigos desde hace años, desde antes de conocer a Matilde; pensé en que podríamos cenar juntos y la llamé. Me respondió que había llegado tarde, que ya tenía planes para esa noche; entonces cuando salí del trabajo me fui por la pizzería y aunque les parezca gracioso, me he servido una hamburguesa.
No he llegado a casa sino hasta pasado de las doce y media de la noche, después de la hamburguesa me he ido de bar. Sabía que no podía estar haciendo eso todo el tiempo que ella no estuviera, el gasto, luego la Mati se pondría molesta. Como sea vine llegando tarde y extrañando desde hacía horas a la flaca y sabiendo que la cama se me haría grande sin ella; igual tomé mis precauciones con silencio, podía ser que Gina estuviera de regreso temprano, me oyera y mañana le cuenta a Matilde de mi desarreglo. Ni siquiera he encendido la luz.
Dentro fui por la cocina y me serví una copa de vino pensando en tenderme a ver televisión; cuando estoy solo lo hago y luego por la madrugada al levantarme a orinar la apago.
En el dormitorio pongo la copa sobre el velador, enciendo la televisión y de inmediato bajé el volumen al darme cuenta que la puerta ventana que da al balcón está abierta. Seguro se le olvidó cerrarla cuando se marchó, pienso. Me aproximo para juntar las hojas y aprovecho de mirar abajo, la calle; aquí es cuando escucho venir del balcón contiguo, el de Gina, los quejidos inconfundibles del goce sexual y es cuando caigo en cuentas de lo ocupada que me dijo estaría y no poder cenar juntos.
Paro la oreja y me digo: ¡Que manera de estar gozando esa hembra! Del tipo no se oye venir palabra, todo es ella. ¡Nada como el placer femenino!
Noto que mi pensamiento es lento, cuando siento que se me ha venido la erección y junto a la soledad de Matilde hago silencio. Su goce parece ser mayor; me sorprendo masturbándome. Más goza, más me aproximo a su balcón donde también está la ventana entreabierta y movido por la curiosidad de la calentura, me veo en su balcón con la idea de espiar su sexo. Me imagino a Gina exhibiéndose, abierta, entregada. El balcón me quedó a solo a un estirar de cuerpo de todo esto.
Al verme de pie en esas otras baldosas pensé: sí me sorprende, qué podrá suceder. Primero, seguro Gina se enoja; luego no querrá hablarme nunca más, aunque hoy por hoy ya no le tengo deseos, igual debo reconocer que está rica, ganas de follármela no me han faltado, pero desde que estoy con la Mati.
Los quejidos se intensifican, la oigo como si muriera en ellos; ya no aguanto, entre hallarme más endurecido, sus goces, mi sobadera… ¡Miré!
¡Maricona!
De un salto estuve de vuelta en mi balcón, sin deseos de correrme, ni agarrándomela y sabiendo que hoy y nunca más Matilde volverá. También el por qué no oírlo a él.
No he tenido apuro por regresar a casa.
Miro el periódico en busca de un nuevo piso en otro sitio.